EL HOMBRE COMÚN

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Buenos Aires Sos (BAS).- Mayo 2007.- (Por Osvaldo Ardizzone, 1981).-Allí está mi cara en el óvalo del espejo…Mi vieja e inseparable amiga que nunca me abandona. Por ella me conocen, me identifican, por ella soy yo, aunque muchas veces no estoy muy convencido de ser siempre ese mismo yo… En esa frente había menos dudas, en esa mirada más brillo, menos sombras. Dicen que La Vida marca,deja señales, como esas hendiduras que me surcan los pómulos, cada vez más enjutos… Hasta te advierto,Juan, una carga de reproche en los ojos, como si no estuvieses conforme conmigo…Es que yo no nací para ser el muchacho de la película ni tampoco para engalanarme con la sonrisa del triunfador, ni para que los demás comenten sobre mí inadvertida presencia… Tal vez tengas razón en enjuiciarme, pero vos sabés que nunca fui atrevido, quizá porque me falta valor para sacudirme esa humillante condición de mediocre, para expulsar este vicio de andar siempre de puntas de pie, de ponerle tacos de goma a mis zapatos, de admitir que en la cola de mis ambiciones siempre haya alquien delante mío, de encogerme de hombros cuando los triunfadores del mentón erguido me empujan y me hunden el codo en mis doloridos riñones para llegar primero, al menos antes que yo… ¿Sabés cuál es el peor lastre que uno arrastra,Juan? El pudor, ese maldito pudor que, al cabo, es como una cárcel que te impide correr a la par de los advenedizos, de los pícaros, de los atrevidos, de los obsecuentes… Como te repito,Juan, soy del montón, insignificante, tengo la estatura de los enanos, vivo agobiado por una carga de prejuicios imbéciles, pero, aunque no nací para héroe, menos para ayudante de cámara. Si no nací para Maradona, menos para once mentiroso. Si no para ladrón de gran escuela, menos para oficiar de campana y avisar cuando llega la policía. No nací para ganador, pero tampoco aprendí a quedarme con el que gana. ¿Vos me preguntás si alcancé algún momento de felicidad?. Eso está subordinado a lo que cada uno entiende por felicidad…¿El éxito? No…¿El poder? No…¿El dinero? menos que menos…Apenas el placer que pueden proporcionar las cosas simples. Un puñado de pequeñas cosas que para gustarlas o poseerlas no exigen participar del torneo, ni crispar los puños ni refugiarse en la intriga y en la maquinación, ni en el servilismo ni en la delación interesada, ni en la concesión para quedarse un rato más en el privilegio… ¿Para el año que viene? No, no ambiciono ser campeón, ni siquiera reemplazar la carga de vino común con otro de cepas más ilustre…Apenas si pretendo que aquellos a los que La Vida instaló delante de mí, a esa especie de los elegidos más dotados para dirigirme, para gobernarme, para mandarme, que procuren reparar un poco más en mi resignada modestia. Que mi dignidad sea más considerada, que mis silencios sean más escuchados, que mi decencia sea más respetada. Que la selección no sea prioridad nacional, que España no sea una alternativa de vida o muerte para los argentinos, que Menotti sea nada más que un director técnico y no el Mesías de la felicidad nacional. Que los pibes no se miren en arquetipos deformados. Que Diego Maradona se ejercite en la austeridad elocuente del silendio. Que lo ñoño y lo ramplón no compitan con el arte. Que los galancitos no se consideren artistas. Que los periodistas sean periodistas y los que lo son se proyecten a dignificar más la profesión. Yo sé que seguiré con el vino «de la casa» porque mi paladar no ambiciona el bouquet de las cepas ilustres. Sé vivir en el montón con dignidad. Esa cara que está reflejada en el óvalo del espejo, seguirá militando en la avalancha que vomitan los andenes de Constitución desde mucho antes del alba. Desde allí seguiré soñando, creyendo, esperando. Una vez más, chau, comúnmente… (Osvaldo Ardizzone, diciembre de 1981)

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