«TODO SE APRENDE, AUNQUE NO TODO SE ENSEÑE»

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Buenos Aires Sos (BAS).- Noviembre 2007.- (Por Adrián Figueroa Díaz).- Dice que lo que importa en la escritura es el cómo, que es la forma lo que diferencia a un periodista de otro. El cómo. Habrá que ser como él para explicarlo. O al menos dejarse la barba, pelarse e intentarlo. A ver si sale: “Más allá del quién, cómo, cuándo y todas esas reglas del periodismo, lo que hay que escribir en un medio gráfico es un texto que seduzca, que interese. Después se verá si está más o menos bien el orden de la información. Pero lo primero que se debe hacer es un texto que dé ganas de leerlo”, aconsejó el escritor y periodista Juan Sasturain .

 

Sasturain remarca y subraya que cuando se sienta a escribir pone “mucho énfasis en el cómo, en la forma” y que la primera duda es “desde dónde se va contar lo que se quiere contar, cómo armar la nota”. A partir de este axioma, la cuestión es “encontrar cualquier pelotudez, un mecanismo para contar algo de alguna manera que no fuera la común”. Claro, a esto lo dice él. A uno le cuesta más hacerlo.

Es que él es uno de los referentes de un estilo que ayudó a gestar junto con Osvaldo Soriano y Roberto Fontanarrosa. Ellos dos, el Gordo y el Negro, admiraban a Juan Sasturain, que estuvo como si nada tomando mate en AUNO con 17 alumnos (incluidos los profesores) del seminario de Periodismo Deportivo y hablando de cómo escribir. Y no sólo de… Uff, volvimos al cómo.

A ver si queda claro. “(Roland) Barthes —dijo Sastu impostando la voz— dio un ejemplo de lo que es la literatura a partir del saludo del pésame: uno puede darlo mil veces hasta que se convierte un gesto vacío de significado que connota lo contrario de lo que denota; ‘una forma’. Entonces, para Barthes, la literatura es inventar cada vez el pésame. Porque en verdad la gama de cosas que ocurren no es tan grande, sólo hay que volver a contarlas. Y la literatura es una búsqueda de la justeza en la expresión para volver a decir lo que se dijo tantas veces. Por eso a la palabra hay que pelearla. Aquí está el misterio del cómo”.

Ahí va queriendo. Aún así, contar de una manera atractiva lo que Sasturain reflexionó duplica el reto, precisamente porque es uno quien transmite palabras de él. “Lo que pasa es que esto (escribir) es un desafío —dice—. En última instancia, ¿qué es lo fundamental? Atrapar al lector, seducirlo. Porque hay que atrapar la atención del otro, sino no sirve para un carajo lo que se escribe”.

¿Servirá este texto?, es lo que uno se pregunta luego de reflexiones así. Desde ya que el logro de un buen artículo es fruto de un proceso aprendizaje, porque “todo se aprende aunque no todo se enseñe”. Y uno aprende laburando. “Nada sustituye la práctica. Por eso nunca hay que hacerle asco al laburo aunque parezca chico… Chico es uno, hasta que demuestre lo contrario”, dijo él, justo él.

Ante tipos así, uno dice “ya está”. Qué más decir… Y ojo, que el elogio no es obsecuencia de anfitrión ni de compañero de profesión. Aparte, como dice él, si hay algo que “no es bueno en el periodismo es el mal entendido espíritu de cuerpo, lo corporativo”. Tampoco eso de la “libertad de prensa”, que en rigor “es una entelequia metida en la libertad de empresa”. Aún así, “siempre hay resquicios, contradicciones internas en un medio” a través de las cuales “uno puede elegir” qué escribir.

Má sí, que siga él: “¿Cómo se aprende a escribir? Leyendo, no queda otra. Y si no te gusta leer, cagaste. Porque leyendo te das cuenta de que otro lo hizo todo antes y mejor, con mejores ideas, expresiones y menos palabras”. Es en este sentido que “la lectura de los buenos textos es una vacuna contra la soberbia: una vez que uno la pasó, ya sabe que la competencia es con uno mismo”.

Es cierto que el hábito de la lectura es menor que en otra épocas. Entonces, ¿cómo se la estimula? “Hablando desde el placer, que es lo más genuino que uno puede transmitir.” Pero no como hacen los colegios, que según Sasturain “emputecen la cabeza de los pibes con análisis, en lugar de acercarlos a la experiencia básica y libre de la lectura”. Sencillamente porque “un texto está hecho para ser abordado con simpleza y apertura, al igual que la escritura periodística. En ambas cosas, las cuestiones de la forma son lo determinante. No hay otra cosa que el cómo. El arte y la excelencia están en el cómo”.

Está claro. Y ¿cómo más se aprende? “Como en tantas otras profesiones: por emulación a los que saben. Y esto poco y nada tiene que ver con la teoría. La teoría acompaña, pero lo que fundamenta es la experiencia”. Claro, él lo dice porque aprendió, entre otros, con Juan Gelman y Osvaldo Bayer de jefes en dos medios donde trabajó, y a Osvaldo Soriano como compañero de redacción en La Opinión.

Y ahora que se acerca el punto final, uno no sabe si con todo lo que dijo Juan habrá sido bueno este artículo porque uno no siempre se da cuenta si a lo que escribe le falta ritmo, precisión, ribetes de imprevisibilidad. Tal vez este texto haya estado plagado de giros convencionales y frases prefabricadas del periodismo, que para él (que sabe) “es el lenguaje de los lugares comunes”. Tal vez el artículo solamente no salió como uno quería. Pero como dice Sasturain, “una de las cosas lindas que tiene el periodismo es que se tiene revancha todos los días; tal vez hoy uno escribió una nota que estuvo bien y lo felicitaron o lo compararon con Gardel. O por ahí hubo un concepto equivocado. Pero como ese diario se tira, al otro día nadie se acuerda. Esto también te vacuna, y viene muy bien un sopapeo de ese tipo”. Así y todo, habrá que ser Sastu para hacer algo distinto. O empezar a leer.
(Nota publicada por la Agencia Universitaria de Noticias y Opinión (AUNO) de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora)
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