«SOMOS UNA HERRAMIENTA MUSICAL QUE PROPONE UN REPLANTEO DE LA HISTORIA»

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Buenos Aires Sos (BAS).- (Adrián Figueroa Díaz).- Así como el árbol precisa de agua, tierra y aire, la historia de Arbolito se nutre de autogestión, militancia y revisionismo. Autogestión, porque son productos de sí mismos y no de una escena comercial o artística. Militancia, en el sentido de herramientas para una causa. Revisionismo, porque proponen una relectura de la historia y una mirada crítica sobre la realidad. Y es de esos elementos de los que se compuso el diálogo entre uno de los vocalistas de el decano grupo –que destaca entre el tropel de bandas independientes por su compromiso social y político– y Agencia NAN. ¿Cómo es ser “una herramienta musical” para el cambio que buscan los que luchan mientras oyen sus canciones sobre fábricas recuperadas y pibes llevados a dejar la escuela para salir a cartonear? Es lo que intenta responder Agustín Ronconi.

 

«Arbolito» no es ni desprendimiento de una banda de moda ni necesidad de cierta cercanía a un éxito comercial. Es algo más genuino, producto de un modo de sentir la música, de ver y replantear la historia que se escribió, se escribe y se escribirá. De entrada nomás, la musa que les dio el nombre fue el cacique araucano apodado de esa manera, que ajustició al Federico Rauch, un militar prusiano que había sido contratado por el gobierno de Bernardino Rivadavia para matar indígenas y usurpar sus territorios en la llanura pampeana. Esto y el contenido de sus canciones los hace diferentes a las demás bandas. A ellos, claro está, y a su público también, que no sólo se identifica con una estética musical sino con un modo de ver la realidad.

Toda generación y todo público tienen sus exponentes culturales. Para definir cuál o cuáles son los de Arbolito habría que hace un poco de historia y hablar de un tal Daniel Viglietti y un tal Víctor Jara, que en la década de 1970 inspiraron a una generación de jóvenes que resistieron al sistema desde los frentes cultural, social y político. Más adelante, hay que hablar de un tal Silvio Rodríguez, un tal Pablo Milanés, además de unos tales León Gieco, Víctor Heredia, Mercedes Sosa –entre tantos– que siguen marcando el camino de la «música popular». Desde 1997, Arbolito hace su parte.

Está claro que el público coincide con todo o una parte del modo en que su banda mira el mundo. Y Arbolito lo mira sin medias tintas ni eufemismos: «Nunca me acostumbraré/ a esa señora buscando basura en la puerta de mi casa/ a tu carita de hambre pidiéndome algo para comer/ a tu barrio de lujo en frente de la villa/ nunca me acostumbraré», promete la letra de «La costumbre», un tema de su segundo disco independiente –tanto como sus otros cuatro–, editado en 2000. Una de las dos voces que cantan casi todo el disco es la de Agustín Ronconi, que dialogó con Agencia NAN acerca de cómo, desde la música, se reescribe esa historia negada.

– Chicos y grandes que gustan de Arbolito militan en organizaciones sociales y políticas o simplemente reflejan su manera de pensar en las letras de la banda.
– Nuestro público no deja de ser variado y familiar. Es cierto que quienes tienen un compromiso, un laburo social, se identifican con nosotros. De alguna manera somos una herramienta musical para ellos. De hecho, participamos muchas veces de eventos solidarios y sociales. Y hacerlo es una consecuencia de nuestra manera de «sentir» la música.

– ¿Y cómo sienten la música?
– La sentimos, no la pensamos. Simplemente eso. Uno no piensa la canción; le nace. Tiene que ver con una manera de pensar, pero no de una manera racional ni intencional. No es nuestro objetivo hacer determinado tipo de música.

– Pero el tipo de público influye de alguna manera en lo que ustedes hacen.
– Hacemos música y expresamos música. Y eso genera respuestas de gente que se nos va entrelazando. No hay algo premeditado. Claro que es muy lindo sentir que uno está aportando a lo que hacen otros. Por ejemplo, hay muchos que musicalizaron documentales y hasta programas de radio con nuestra música. También es lindo tener una participación activa, por ejemplo poder tocar en lugares donde haga falta difundir determinadas historia.

La banda está integrada por Agustín, que además de cantar toca la quena y la flauta; Ezequiel Jusid, la otra voz que, además, toca la guitarra; Andrés Fariña, en el bajo; Diego Fariza, en la batería; Pedro Borgobello, que hace sonar el clarinete; y Sebastián Demenstri, en percusión. Empezaron tocando en Parque Lezama, pero son conocidos en centenares de lugares y por miles de habitantes de cada pueblo de cualquier parte del país en que estuvieron. Sus cinco producciones son independientes: Folklore (1998),La mala reputación (2000), La arveja esperanza (2002), Mientras la chata nos lleve (2005) y Cuando salga el sol, cuyo puntapié de presentaciones arrancó el 10 de mayo en el microestadio de Argentinos Juniors y que tiene previsto una larga recorrida por el país.

En cada lugar volverán a cantar: «Con los zapatos rotos a caminar/ el hambre en cada esquina y a caminar/ no hay pan para mis dientes, en la ciudad caliente/ sólo esta angustia para masticar/ Qué le diré a mis hijos al regresar/ qué le diré a mi madre que no da más/ el frío del invierno y el frío del gobierno/ y la esperanza seca de esperar.» Y la dureza nunca limitó la alegría de cada recital en que el público corea con la garganta bien abierta y los puños en alto.

– ¿Qué es lo que persiguen en cada letra, en cada tema?
– Depende, no hay una intención deliberada. Pero, por ahí, hay gente que no conoce el movimiento de fábricas autogestionadas y de repente para la oreja y escucha «La recuperada», y luego le cabe dar una mano a esa gente que tal vez está en su propio barrio. Y lo mismo con otras canciones.

– Insisto, ¿las características y expectativas del público los condiciona de alguna manera?
– No. Sí te sitúa en un contexto, pero eso no es un condicionante. No nos limita a tener determinada estética musical o poética ni decir «mejor esto me lo guardo porque no da para decirlo». Debe ser por eso que la banda es muy variada estilísticamente.

– De hecho, hay varios intentos de definirlos. Algunos le dicen folklore, otros folk-rock, reggae folklórico. ¿Cuál es el perfil con que definirías para la banda?
– Arbolito es un fenómeno reciente de los últimos años que surgió luego de que estudiáramos en la Escuela de Música Popular de Avellaneda. Todos crecimos escuchando rock, y se dio un fenómeno medio extraño pero natural a la vez. Arbolito es producto de todo lo aprendido en la carrera de folklore y de lo que estaba metido en un cuerpo urbano, en la cabeza de una generación de rock. Por eso es difícil de definirnos.

– ¿Se puede hablar desde lo urbano, el folklore y el compromiso político o social?
– Es que es hablar de lo mismo. Desde ya que hay una postura política en lo que hacemos; proponemos un replanteo casi total de la historia. Somos, de alguna manera, latinoamericanista como muchos grupos, pero con sonido urbano. Desde nuestra historia como banda hablamos mucho de la injusticia actual, de lo mal que funcionamos, de que la tremenda desigualdad que hay tiene que ver con el robo de la tierra y la mala repartición de ella en manos de tan pocos. La Campaña del Desierto, de (el ex presidente y genocida Julio Argentino Roca) se pagaba con tierra. Esto sigue siendo un problema de hoy. Fijate nomás que el problema con el campo que se vive en estos días está ligado a todo esto. Y desde lo histórico, caciques como Arbolito hay miles, tantos que no sabemos sobre muchos de ellos porque la historia oficial no quiso hablar.

– El hecho de haber comenzado con la reivindicación de Arbolito que Osvaldo Bayer contó en su libro Rebeldías de esperanza, ¿generó en la banda una necesidad de aprender o conocer un poco más acerca de esos hechos de la historia negada y tomar partido?
– En mi caso, no. Cuando uno se siente caminando por el mismo camino de siempre, siente que está contextualizado por lo que pasó antes. «Arbolito» es un nombre que tiene un significado muy grande y que resume un pensamiento que involucra a muchos. Ninguno de nosotros tiene sangre de algún pueblo originario y eso no nos impide llamarnos Arbolito. Como habitantes latinoamericanos, nada nos impide pensarnos como parte de la cultura avasallada y maltratada que quiere denunciar que la vida tal como está, es fea; que estar como estamos no nos hace sentirnos felices de ser argentinos.

– ¿Hay una etapa artística con la que se identifiquen?
– No necesariamente. Sí tenemos una gran tendencia de ver la música como muy setentista, como aquel rock sinfónico sin tanto encasillamiento, con libertad de estructuras. Bueh, en esos años el folklore era una tendencia.

– ¿Y qué creés que pasó desde esos años hasta mediados de la década de 1990, años en que, amén de León, Víctor Heredia y algunos otros artistas, no surgieron bandas con las características y el compromiso de ustedes?
– Y… hubo una dictadura desde la que se planteó un modelo económico y de vida que privilegia la cuestión económica antes que lo artístico. Igualmente, creo que hay más bandas de las que uno piensa; cuando uno viaja, ve que hay mucha gente haciendo cosas similares.

– ¿Considerás que la aparición de Arbolito interpeló de alguna manera a los artistas?
– Espero que no, que cada uno pueda ser libre de pensar lo que quiera. Pero si la palabra es «influenciar», tal vez sí lo hicimos. De hecho, nosotros estamos donde estamos gracias a la influencia de músicos y pensadores.

– Una vez, alguien comentó que cada letra de Arbolito tiene un mensaje de liberación.
– Sí, creo que es así. Y somos bastantes explícitos, ¿no? (Publicado en http://agencianan.blogspot.com)

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