«SE ESCRIBE COMO SE VIVE»

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Buenos Aires Sos (BAS).- Abril 2008.- (Por Lucas Martínez y Marcelo Rivas).- «Se hizo un silencio increíble en toda la quinta, hasta los pájaros se callaron…», no era para menos, José Pirovano le acababa de atajar un penal al Presidente de la Nación en la mismísima Quinta de Olivos, estadio complicado para jugar de visitante. Con este pequeño «accidente» comienza el libro de Juan Sasturain, «La lucha continúa».

 

Una vertiginosa novela de aventura con mezcla del relato policial con narrativa fantástica ambientada en la ciudad de Buenos Aires. Una historia atrapante que, según sus propias palabras, «cumple con el primer requisito de cualquier obra narrativa que es, en el buen sentido de la palabra, entretener. El pecado capital de cualquier narrador es aburrir».

Quizá esta sea la mejor manera de presentar al chavense Juan Sasturain, escritor, periodista, y uno de los máximos referentes de la historieta argentina, que compartió con «El Periodista» una agradable charla de café, donde recordó sus reiteradas mudanzas por diferentes localidades de la provincia, su pasión por el fútbol, la historieta y la literatura.

En Chaves, por accidente

«Se puede decir que nací en Chaves por accidente. Mi padre fue empleado del Banco Provincia. Entró al banco en Lobería y después laburó por distintos pueblos de la provincia. Toda mi familia era de Lobería, incluso mi hermana mayor nació allí. En el año ’45 mi viejo estaba trabajando de tesorero en Chaves, y como en esa época se acostumbraba que los hijos nacieran en el lugar de donde eran sus padres, mi mamá se iba a ir a Lobería… pero bueno, por esas cosas no fue. Así que nací ocasionalmente en Chaves. Viví un año y medio hasta que a mi viejo lo trasladaron a Médanos, cerca de Bahía Blanca. De ahí fuimos a Lobería, después a Rauch. Y en Rauch, en el ’55, se produce la Revolución Libertadora con la caída de Perón. A mi viejo, que era peronista y había sido secretario de Unidad Básica alguna vez, lo rajaron del banco. Pero antes de echarlo lo trasladaron a Chaves. Así que volví unos meses, en vísperas de entrar a cuarto grado. La siguiente vez volví para jugar al fútbol, tenía cerca de 16 años y vivía en Coronel Dorrego, donde integraba el equipo de Independiente. En esa época se jugaba en la liga de Tres Arroyos, ya que no había liga en Dorrego. Jugábamos con los clubes de Tres Arroyos y también estaban «los chacareros», Quequén y Oriente, Copetonas e Independencia de Cháves. Jugaba en la reserva e íbamos a todos los pueblos, ahí volví a Chaves para enfrentar a Independencia».

Las letras y la pelota

En esa misma época, promediando sus estudios secundarios, Sasturain comenzó a escribir y a forjar su futura carrera como escritor. Al terminar el colegio viajó a la capital federal para estudiar letras en la Universidad de Buenos Aires. Igualmente su pasión por el fútbol no decayó, ya que lo siguió practicando tanto dentro de la facultad como fuera de ella.

Integraba el equipo de Filosofía y Letras y dice haber sido campeón de la Liga Universitaria al ganarle a Ingeniería, pese a que -como todos sabemos-, la facultad de Filosofía y Letras no es precisamente un semillero de grandes talentos futbolísticos. Pero ya por ese entonces tenía en su haber otros logros deportivos de su vida en Coronel Dorrego.

«En 1962 se acabó la guita en Independiente y se hizo la Liga de Dorrego, ya que no había más plata para traer a los cordobeses, los jugadores de afuera. Entonces los que estábamos en el pueblo jugábamos en primera y salimos campeones en el ’63. Tengo el orgullo de haber sido campeón en la primera liga de Dorrego (risas). Cuando llegué a Buenos Aires quería jugar, tenía un tío que era dirigente de San Lorenzo, entonces me fui a probar. Yo estaba jodido de la rodilla porque en Aparicio, jugando por la liga, me rompieron los ligamentos de la rodilla derecha, me hicieron mierda la rodilla y me curaron mal, en aquella época allá ni te operaban ni nada.

«Me probé de delantero en San Lorenzo, y era grande, cualquiera sabe que a los 18 años si no la rompes no… y yo no la rompía. Después entrené con Independiente y entré a Lanús, y aunque firmé con ellos nunca jugué. Lo que pasa es que estudiaba Latín e Introducción a la Historia por un lado, y después iba a entrenar al sur. Largué y terminé jugando en el equipo de la facultad. En el ’69 egresé en Letras y comencé a trabajar como profesor de Literatura en el secundario y al año siguiente a escribir en los medios.

«Yo quería ser escritor, empecé a escribir críticas de libros que es lo primero que uno habitualmente hace, lo que tendría que hacer al final. Uno opina sobre los demás y es incapaz de escribir un carajo…».

Tendremos que opinar sobre su libro…
Perfecto (risas), bueno las reglas son así, es más fácil escribir sobre los demás que escribir uno. Pero además son dos actividades muy diferentes, actividades distintas. No necesariamente los críticos tienen que ser buenos escritores. Para nada, son cualidades diferentes. Yo me acuerdo que lo primero que comenté para Clarín fue una novela de Pasolini y no tenía ni la más reputísima idea de Pasolini, igualmente me mandé una crítica re pedante, llena de citas de Ronald Barthes, y yo no entendía un carajo. Mas allá de la buena intención y la seriedad, no tenía nada, no tenía conceptos, no tenía rodajes… Después laburé muy bien y muy feliz en los años de La Opinión. Estamos hablando de principios de los ’70. La Opinión fue un medio muy importante, revolucionario para esa época…

Un diario de derecha con periodistas de izquierda…
Claro, como termina siendo siempre. Un periódico «progre». En el área de la Cultura el que me dio laburo fue (Juan) Gelman. Y ahí sí empecé a escribir un poquitito mejor, creo, y sabiendo de qué escribía.

¿Cuándo escribió su primera novela?
Yo hice todo muy demorado. Escribo como cualquiera, desde los 16-18 años, pero «Manual de perdedores» la terminé cuando tenía 30 años, en el ’75, y no se publicó hasta 10 años después. Yo me había propuesto terminar mi primer novela antes de cumplir treinta años, en esa época ya estaba casado y tenia 2 hijos.

¿De dónde surge la pasión por la historieta?
La pasión por la historieta viene de la lectura. La lectura de historieta fue un poco formadora y deformadora para mí desde la infancia. Como todas aquellas cosas que te marcan. Para bien o para mal, pero te marcan. Son como los padres que tenés, el barrio donde te criaste, o las experiencias que tuviste. Todo sirve, depende de que haces vos con eso después. Generacionalmente los pibes que empezábamos a leer en los ’50 ya no leíamos los clásicos de la literatura juvenil, leímos las historias de las historietas del mismo modo que los chicos hoy más que leer miran la tele. Nosotros somos la primera generación del medio audiovisual. Ya le jodia un poco a la maestra que uno no leyera libros sino mirara otras cosas. Lo cual es un problema, evidentemente, porque en mi caso comencé con la historieta y luego llegué a la literatura, pero de algún modo sentí la corrección cultural, y con razón, en el sentido de por qué carajo leen esto y no leen lo que tienen que leer. Pero bueno, mal que mal es así. Quedó como una especie de sustrato en el cual hay un concepto de aventura que -por ejemplo-, viene de ahí.

¿De ahí viene entonces lo de la ficción?
Claro. Primero la leí cuando era pibe y mi segunda aproximación fue como docente, en los años ’70. Fui jefe de trabajos prácticos de Literatura Argentina en la Facultad de Filosofía y Letras y después responsable de Teoría Literaria en la Universidad de Rosario desde el ’72 hasta el ’75. Hasta la triple A, y después los milicos, en esa época de lucha ideológica en la universidad. Los que dábamos literatura desde el campo progresista, uno de los gestos con los que atacábamos era ampliar el objeto de estudio de la literatura, más allá de la valoración, de si era bueno o malo. Entonces incorporamos la literatura de masas, nos dedicamos a estudiar el policial, la historieta. Teníamos una concepción de la literatura muchísimo más amplia que la concepción restringida y elitista. Entonces mi segunda aproximación a la literatura fue como docente.

¿Más allá del gusto literario era una cuestión ideológica?
En este caso era una reivindicación de tipo ideológica, con los llamados géneros marginales y el papel que esos géneros marginales puedan tener en una sociedad neocolonial como la nuestra. Así aparecía la reivindicación de Oesterheld, o la reivindicación de los letristas de tango. Cómo en los márgenes o costados de la cultura se producían fenómenos masivos, y por otro lado estéticamente muy válidos que tenían una forma de desarrollo absolutamente independiente, que no eran dependientes de los modelos externos que era lo propio de la literatura concebida como de vanguardia. De ahí venía el debate ideológico de la reivindicación de los géneros marginales.

¿Primero lector, luego docente y después guionista?
Si, esta es la tercera etapa, que es la práctica, cuando me pongo a escribir. Entonces lo primero que hago es una novela policial con un detective ambientada en Argentina y pienso como hacer verosímil la aventura. Una de las formas de la dependencia cultural era que la aventura no era posible acá. La idea era hacer la circunstancia de lectura en el mismo lugar donde pasan las cosas, donde vos las lees, es lo que había hecho Oesterheld.(autor del Eternauta)

Con la democracia, junto a Alberto Breccia, llegó la historieta «Perramus»…
Claro, a principios de los ’80 andaba con Patricia, la hija del viejo Breccia, en la época donde yo estaba laburando en Super Humor y tenía una cercanía con la historieta. Y de mi relación con Patricia tenia una cercanía con Alberto. Yo no había escrito nunca un guión, ya tenia terminada mi novela, escribía cuentos, escribía sobre historietas. El viejo era un autentico artista, y como todos los artistas se cagaba de hambre en esa época porque no publicaba acá. Hacía cosas muy lindas, todo bárbaro, premios y todo…, pero no había medios donde publicar, entonces necesitaba algo para publicar afuera. Entonces me dice: «Juan porque no me hacés un guión, una cosa aventurera, mas o menos vendible, no una cosa hermética, complicada. La idea era hacer algo de batalla digamos, como para… Yo le escribí el primer guión de «Perramus». Las primeras 8 páginas le gustaron y empezamos a laburar. Lo que pasa es que aquello que tendría que haber sido, en teoría, una historieta simple, fácil para vender y que permitiera tener respiro con algo mas o menos comercial, resultó complicada, hermética, presuntuosa, hiperintelectual, comprometida. Pero bueno, laburamos un montón de años, hicimos mas de 400 páginas. Son cuatro historias largas. El hecho que un tipo como ese me diga «che porque no me escribís un guión» fue muy lindo.

«Perramus» se difundió en buena parte del mundo…
Se publicó en toda Europa. En Argentina la publicó la revista Fierro, después en libro. Y la última parte, la cuarta, que se llama «diente por diente», que es la dispersión de los dientes de Gardel, nunca se publicó en castellano, es inédita. En el único lugar donde salió es en Francia, donde está todo junto publicado en tres volúmenes. Y bueno, con esa ganamos el premio Anmisty Internacional.

¿Se considera un referente de la historieta argentina?
Sí, la verdad que sí, yo he sido como «la viuda intelectual» de Oesterheld. Tengo el orgullo, y lo digo de corazón, de haber sido el primero que escribió en los medios sobre él en el ’78, cuando estaba desaparecido. Mi vínculo fuerte con la historieta fue en la década del ’80, después no he vuelto a escribir historieta. Alberto murió en el ’93, y yo nunca más escribí historieta.

Retomemos el fútbol, ya que también ha escrito mucho sobre el tema…
Escribir sobre fútbol es algo que siempre me gusto, es la misma relación que con la historieta. Un poco ser coherente con las cosas que nos dan placer y que nos gustan. Independientemente de que sean culturalmente aceptadas o no. Partimos del placer, de lo que nos gusta. El fútbol da para muchísimas cosas. Hay infinidad de gente que escribe cuentos sobre fútbol. La literatura nunca se define por los temas, se define por el uso de la palabra, no importa que vos hables de fútbol o de la guerra mundial, lo importante es el texto. Es ocasional que vos hables de una cosa u otra. Con cualquier tema se puede hacer buena literatura y se puede hacer basura. El tema es cómo y no de qué se habla.

Finalmente, ¿a usted le pasó lo mismo que a Fontanarrosa, que soñaba con ser Onega antes que Cortazar?
Totalmente, la vocación futbolera es anterior a la literaria. Me parece muy saludable que un pibe de nueve años quiera ser futbolista y no escritor. Igualmente puede salir un Borges maravilloso, que por suerte quería ser escritor y no jugador de fútbol. Desde un parámetro de salud un poco arbitrario, ¿qué mejor que quiera ser futbolista a esa edad?. A mí siempre me gustó jugar al fútbol, ver fútbol y escribir sobre fútbol. No sobre Macri, no sobre toda la basura que puede ser el mundo que lo rodea, no me interesa hacer ni reivindicación ni crítica cultural, no. Escribir del juego, el juego es hermoso. En fin… ¡se presta tanto al verso el tema del fútbol!. Hay una hipertrofia de la oferta de lo futbolero. Los hipercríticos de los fenómenos de masas creen que todo es parte de la manipulación. Sebreli, por ejemplo, defiende una postura de alienación, que el fútbol es únicamente alienación. Obviamente tiene razón en muchísimas cosas, pero no todo es manipulación. Y bueno, que se joda, él se lo pierde. (Publicado en
www.elperiodista3a.com.ar)

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