Porteña por adopción

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Buenos Aires Sos (BAS) (Por Beatriz Chisleanschi).-Siempre la sintió cerca sin saber por qué. Tal vez algo intuía, tal vez algo de pitonisa se desarrollaba dentro de ella o tal vez sólo era un lejano presagio de un futuro no tan lejano La admiración por Buenos Aires fue creciendo lentamente, a la par que un porteño de ley se entrometía sigiloso entre los oscuros pasadizos de su corazón. Los mismos pasadizos que la depositarían una y otra vez en la peculiar ciudad de avenidas anchas y veredas angostas, de cafés y de billares, de Pugliese y de Gardel. Se la vio semanas atrás paseando feliz por la Reina del Plata. Tratando de abarcar todo con la mirada y con las emociones. Caminó por Florida, se perdió entre las librerías de Corrientes, buscó las ofertas de Santa Fe. Abandonó por unos días el Rastro para sumergirse en los atractivos de Plaza Dorrego. Y se sentó tranquila a descansar mientras un seductor Caminito la envolvía entre coloridas paredes y calles empedradas. A pesar de sus zetas marcadas y de sus «vale» no se sentía una turista más. De pronto asomó el sonido de un tango y una pareja comenzó a danzar al compás del cuatro por ocho. Casi naturalmente él la miró, se sacó el funyi e inclinando levemente su cabeza la invitó a bailar. Con vergüenza pero con mucho orgullo, se dejó tomar por la cintura y se animó a desafiar a esa danza que la encontraba una vez por semana en una academia madrileña. En esta oportunidad, los ochos, los cortes y las quebradas se deslizaban en un bar de la Boca. Alguien, unos pasos más atrás atinó a disparar una cámara fotográfica. El instante quedó grabado. Ese mágico instante en el que íntimamente sintió que Buenos Aires la había adoptado.

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