ME DICEN EL HOMBRE GRIS

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Buenos Aires Sos.- Marzo 2010.- (Por Jorge Miguel Couselo). Esta entrevista fue publicada por la revista Panorama en febrero de 1970.
En menos de un mes un libro y un disco reactualizarán —si fuera necesario— el nombre de Julián Centeya, el «hombre gris» de Buenos Aires. Mientras el «vate lunfa» pasea su taciturno porteñismo por las playas de Mar del Plata —donde suma improvisadas acuarelas al espectáculo que en Horizonte sostienen los dos Osvaldos, el viejo Pugliese y el joven Piro—, se está componiendo su novela El vaciadero y las matrices se alistan para imprimir un longplay con versos negros en su propia voz pastosa y grave.»Novela —explica Julián— es la aproximación genérica a una serie de relatos que pintan el submundo de la basura; de allí he seleccionado quince cuadros que llevaré al teatro, dirigidos por mí, con algún conjunto experimental». El disco lo remite a su vieja pasión por la literatura negra, «de la negrada uruguaya y norteamericana»: son doce poemas que escribió «con ganas» y cree decir —no recitar— «con todo», acompañado por tamboril, guitarra y la trompeta de Mario Cardi.

Ser o no ser
Es viudo, vive solo, confía en la virtud argentina de la amistad. A los cincuenta y nueve años el rostro de Julián Centeya —enjuto, pálido, como de piedra, con vestigios de quemazones— se hizo arquetipo de una imagen que pareciera fuera del tiempo. No es viejo para forzar las nostalgias que suscita, no es joven para convocar los odios y los amores adolescentes que suele expandir. «Hace mucho que estoy representando el personaje de mí mismo —murmura— y a menudo tengo ganas de echar a este Julián Centeya que me he impuesto como una dulce condena».
Anduvo mucho, sigue andando un largo camino. Como «escriba» se lo conoce desde 1941, en que publicó el poemario El recuerdo de la enfermería de San Jaime, título que respondía a un fox popularizado por Armstrong. Lo firmaba Enrique Alvarado, uno de sus tantos seudónimos. Pero no es Alvarado ni Centeya, sino prosaicamente Amleto Vergiati, a quien su alma de porteño no impidió nacer en Parma, una ciudad de Italia, donde apenas gateó porque lo trasplantaron a la Argentina. «Mi padre —cuenta— era periodista de combate y fue diputado socialista, compañero de Matteoti, el mártir de la lucha antifascista; de ahí me vendrán ‘las letras’ y el ser pueblo sin reveses, a pesar de que nunca me metí en política.»
Integrado a la clase media «laburante», fue purrete de Boedo y Chiclana, «barrio de barrios»; Yo no vengo a hacerme la partida / pero vengo del Boedo legendario se lee en uno de sus poemas; en otro se alude a Chiclana, calle sin parecido, / sos un tajo / de tan hembra macho. Cursó el bachillerato en el Colegio Nacional Bernardino Rivadavia. Aceptó, adolescente, cien obligaciones a contramano de sus alas bohemias. Trabajando en Lutz Ferrando llegó a tirar desde una estantería un costoso aparato de precisión, sólo para que lo despidieran. No lo logró. Pero a lo largo y ancho de la vida otros logros lo esperaban. El primero, inmiscuirse más allá de «la ñata contra el vidrio» en los cafés boedenses donde alternaban compadritos y poetas, picaros y soñadores, fulleros e ingenuos. En ese ámbito conoció tempranamente a José González Castillo, dramaturgo y verseador fanguero con aureola de maestro; a su hijo Cátulo; a un joven, Homero Manzi, que oteaba horizontes líricos. Así comenzó a aprender filosofía, tangos, timba y la poesía cruel de la vida.
Fue periodista desde siempre: «en 1935, al ingresar en la Crítica todavía grande, con el increíble viejo Botana, tuve mi certificado». En el tiempo las redacciones serían incontables. Antes había sido actor ocasional junto a Marcelo Ruggero («con mensualidad de noventa pesos»), colaborador anónimo de Mario Rada en la letra del tango Araca la cana (con música de Delfino), autor de radioteatro (La pulpería del diablo es un tremendo título de esa época), Nadie recuerda que Centeya se incluye entre los pioneros de la crítica cinematográfica, que más o menos por un lustro ejerció desde 1938 en Cine Argentino en estilo suelto, desusado, de prosa canyengue sin vueltas para dar en el clavo. «Ahora sigo viendo cine — confiesa— de otra manera; seleccionando, las grandes películas francesas e italianas me seducen, son portentosamente humanas.» Tampoco ha descuidado los tropiezos del cine nacional y «no soy pesimista porque advierto que los jóvenes persisten en un cine conectado a la realidad y además hay preocupación por grandes temas épicos e históricos». Hace la salvedad de que Martín Fierro le pareció «del todo anticinematográfico», aunque la película deja el saldo «de otro trabajo extraordinario de ese actor extraordinario que es Alcón; desde mi amigo José Gola, que murió tan joven, no encontraba otro igual»
El periodista lleva implícito al charlista. En esa especialidad se inició hace unos treinta años, con una anécdota de saínete. En una audición radiotelefónica debió reemplazar a un número cómico fallido, «me preparé tres prolijas carillitas y al salir a leerlas las dejé sobre el atril, leí la primera y se me volaron las otras, de manera que tuve que improvisar de súbito… e hice capote». Se precia de esa facunda oratoria y narra otra anécdota improbable: «Llegué a hablar setenta minutos sobre un libro de Alfredo Carlino que no había leído». Bulle en el espíritu de Julián otro perfil, semioculto: el del humorista. Ha escrito tiradas donde la risa brota de la visión trágica de los seres y sus circunstancias. Sabe que el humor es una cara del inconformismo y está seguro de que la rebeldía no implica luchar a empujones. «No me imagino jugando en la cancha de los best-sellers», exclama, riéndose. Vive al día, esquivando necesidades. Por primera (o única) vez en prolongado lapso, de inusitado «cachet» cobrado en Mar del Plata separó «doscientas fragatas» y las giró a Buenos Aires, «para ir tirando los próximos meses».

De profesión poeta
Pero si Julián ha sido —y es— muchas cosas (vagabundo, hombre de la noche, bohemio, descubridor de la calle), la predominante es su índole de poeta popular, escribiendo tangos o poemas, improvisando casi payadorescamente, rememorando andanzas en tenidas de madrugada con vino tinto («antes —acota—, ahora con café»). Ha escrito hace mucho El misterio del tango, un ensayo, y hace bastante menos La otra gente, una novela. Fuera de ello están La musa mistonga, La musa de barro y versos dispersos, poesía lunfarda que ubica su firma al lado «do mis admirados Felipe Fernández (Yacaré) y Carlos de la Púa (el malevo Muñoz)». Consigna: «hay un lunfardo auténtico y sentido, y en él estoy yo; existe además un comercio del lunfardo por cuenta de avivados y analfabetos». Siguiendo una constante, en sus tangos la lunfardía no es excluyente o se mezcla a un lenguaje simple y diáfano. Así de límpido y diáfano es el antológico tango Claudinette, estrenado en 1940, con música de Delfino. Otros se llaman Lison, Felicita, Yamambé, Sensemayá. Centeya transita una vertiente popular, sin creer en la desprolijidad, el error o el manoseo de la sintaxis, la puntuación y el buen gusto, tanto así que estudiando las letras de Homero Manzi —a quien admira y dedicó cálidas páginas— descubre errores y no los oculta. Lector alerta, acaso desordenado y tendencioso, cita dos escritores argentinos de hoy que le interesan: el poeta Juan Carlos Lamadrid y el novelista Joaquín Gómez Bas.

Dos por cuatro
«Soy hombre de tango», subraya. En 1967 publicó una Primera antología de tangos lunfardos, con proemio crítico-ubicativo. Frecuenta fangueros, vive atmósfera de dos por cuatro. Una vez cantó a Troilo:- El hecho comprobado es uno: tu fidelidad / a lo elemental y puro. / De otro modo lo digo: la decencia, / el sentido auténtico. «Es mi gran amigo, aunque lo veo poco», afirma contundente: «lo quería otra vez con su gran orquesta más que con el cuarteto; el gordo nos está postergando el pago de esa deuda». Cree que en Pichuco continúa la verdad esencial del tango, que es su modernidad incontaminada y protesta que en la admiración —que comparte— por el bandoneonista se olvide al gran compositor de Sur, María, Barrio de tango, Che bandoneón, Garúa, La última curda «y tantas cosas insuperadas». Con distintas palabras se refiere a Piazzolla. Fueron amigos, dejaron de serlo, se han reconciliado. «Astor —dice— tiene gran personalidad y un espíritu ácido, no nació para ser ladero de Troilo ni de nadie, estaba cantado que debía volar, y es fanguero de alma pero yo diría que es un Salvador Dalí del tango, un fantasista, un necesitado de buscar todos los días el impacto; vaya a saber hasta dónde irá». En todas las noches marplatenses Centeya escuchó a Piro, trabajó junto a él: «tiene pasta, todavía no se encontró», sentencia. El tango tiene también voces y de las actuales, Julián prefiere la del «polaco» Goyeneche.

Mi Buenos Aires querido
El hombre gris («una última que me endilgaron hace apenas tres años, cuando mi ciclo de conferencias en el teatro Corrientes») dice que no está en la divinización del pasado, no obstante que «la nostalgia chamuya lindo». Cree que existe «una materia imperecedera» que está en la naturaleza de cada pueblo.
«Soy el mismo», exclama si le dicen «estás en otra cosa». «Quisiera desprenderme —añade— de la piel de Julián Centeya, de su estilo, del encajonamiento que no busqué; a Francisco Bautista Rímoli le pasó lo mismo, atrapado por Dante Linyera, un seudónimo que se hizo personaje y no consiguió que lo dejara.» Continúa: «eso no significa dar la espalda a lo que bien adentro soy; mi actitud humana es una, no puedo traicionar al hombre que calzo, a mis amores y mis furias». Entonces piensa que a veces le gustaría ser Robespierre y ser inclemente con los farsantes, con los explotadores, con los pobres de espíritu, con los mercaderes de la belleza. Salta a recordar que una vez estuvo a punto de ¡r a París con la típica de Pizarro, «a decir palabras tangueras en francés», pero no fue. Buenos Aires lo afincó, lo rodeó, lo apresó. «Yo inventé a Buenos Aires», exageró en un programa de televisión.
«Hoy te salen aprendices de sociólogos que te explican todo, te ponen al revés, te retuercen», protesta sin amargura. Habla de la «interpretación» que se dio al lanzamiento de La musa de barro en el Alvear Palace Hotel, con Marta Lynch de oradora. «Quise ganar un bastión o, mejor, reconquistarlo», explica, «porque el barrio norte fue el primer arrabal, antes que el sur; fue imperio de la soldadesca, el conventillo y los negros; la aristocracia estaba en el barrio sur y lo abandonó en el setenta, huyendo de la fiebre amarilla.»
Siguió hablando, se levantó, olvidando el «lengue» salió y se encontró que no estaba en la calle Corrientes. Respiró Mar del Plata, pensó que de vez en cuando no está mal dejar «un poquito» a Buenos Aires, sonrió, contempló un espectáculo de bikinis y minifaldas al lado del mar, se mandó el chiste de que la vida empieza siempre.
(Fuente: La oreja que piensa)

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