LA CRUZADA DE LOS NIÑOS

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Buenos Aires SOS.- 16 de septiembre de 2011.- (Por Juan Chaneton).- La historia que me dispongo a narrar ocurrió en Buenos Aires, una ciudad como cualquiera de las innúmeras que dan pábulo al mundo, pero también singular y con una personalidad muy especial, diríamos que con una fuerte vocación por la melancolía y la tragedia.

Hace ya muchos años, unos niños que vivían en barrios tan alejados entre sí como lo pueden ser Mataderos, Constitución o Barrancas de Belgrano tomaron la decisión de inventarse una vida. Una vida nueva y propia, ya que lo que les decían en la escuela que era la vida les parecía a ellos una forma del tedio. Pero no se trataba sólo de escapar del  aburrimiento y del sinfuturo. Estos niños (¿se es niño a los 15, a los 16, a los 17 años?) estudiaban para ser buenos hombres en el día de mañana, es decir, para ser buenos ciudadanos, lo cual encontraban que estaba muy bien si no fuera porque había otros niños a su alrededor, a la salida de la escuela, en los andenes de las estaciones, en los pórticos de las iglesias protegidas por rejas, en los albergues para personas que no tenían casa, en las salas de espera de los hospitales (tibios en invierno), en los socavones del subterráneo (tibios en invierno), bajo los aleros  y en las escalinatas de los imponentes edificios públicos o simplemente en las veredas y a la intemperie, que no estudiaban estos otros niños, no estudiaban porque para ir a la escuela hace falta guardapolvo, lápices de colores, cuadernos, zapatillas y el desayuno de todos los días y ellos, esos otros niños, al parecer, no contaban con nada de eso, y eso que los diputados y senadores de la república habían declarado que los derechos del niño eran sagrados y habían votado por unanimidad una nimiedad como esa, que los derechos de los niños son sagrados.

Aquellos niños  que un día decidieron inventarse una nueva vida se reunían en la Plaza Italia, de Palermo, un barrio como todos, medio pelo, clase media, y que fue elegido como lugar de reunión porque estaba situado más o menos a idéntica distancia de Belgrano, Mataderos o Constitución y si esto no era así, si los que vivían en Belgrano tenían una ventaja para llegar a Plaza Italia porque Belgrano queda más cerca de Palermo, a ellos, a todos los demás niños, eso no les importaba, lo importante era estar juntos, y soñar juntos, y urdir juntos el nuevo futuro que le aguardaba.

Los movía la pasión de rescatar el santo sepulcro y llegaron a la conclusión de que debían organizar una expedición hacia esas lejanas tierras donde se hallaba el ansiado objeto de su deseo. Se hallaba más allá de la avenida general paz, el santo sepulcro, seguramente en tierras baldías, tierra dura, gris, reseca, barrida por los vientos de la inclemencia. Y en eso, un niño (yo creo que se es niño a los 14, o a los 15, o a los 17, o a los 18) preguntó: ¿qué es la hierba? Nadie supo contestarle. De momento, todos se miraron. ¿Qué podían contestarle? Todos ignoraban, como ese niño, qué es la hierba. Supongo –dijo Claudia- que debe ser la bandera de mi índole, urdida con la verde sustancia de la esperanza. Y todos estuvieron conformes con la respuesta. A Claudia siempre se le ocurrían las mejores ideas. Cómo no se dieron cuenta antes, pensaron, que la hierba es eso, precisamente eso, emblema de la raza que siempre mira hacia delante. Por eso Claudia era muy respetada por todos. También había sido de ella la idea de organizarse para dar con el santo sepulcro. No era posible, era inadmisible, era un injusto universal  -se decían los niños- que les nieguen conocer el santo sepulcro, que se los hayan ocultado como le ocultan a alguien la felicidad a que tiene derecho nada más que por haber nacido.
Se dividieron en tres grupos y partieron, al alba, hacia los lugares prefijados. Iban en columnas de dos en fondo y, cuando sólo habían caminado unos pocos cientos de metros, comenzaron a separarse entre sí pues cada columna debía arribar a su destino prefijado (el destino, por definición, está siempre prefijado, si no, no sería destino, si no hubiera destino sería la libertad, la libertad del ser humano en lucha contra la oscuridad) a distintas horas y esos puntos de arribo no eran los mismos.
Los movía una convicción: las aladas palabras del evangelio, que ordenaban dejad que los niños vengan a mí y no lo impidáis. Lo sabían estos niños expedicionarios.  Sabían que los niños, por derecho propio, podían y debían acercarse al santo sepulcro. Lo habían leído en Lucas, 18:16; y también habían leído que basta la fe para mover una montaña, esto lo sabían por Mateo 17:20.

Así marchaban, sabiendo que por el camino les aguardaban peligros ciertos. Habían oído decir que ni el perfume de los tilos, ni el tibio sol de la mañana, ni la apacible bruma de una primavera que ya se olía en el aire (era el 16 de septiembre), servirían para aplacar el odio y el temor de los mentecatos. Éstos –oyeron una vez los niños- dan a beber veneno a sus víctimas, las mutilan, les arrancan la uñas, les sacan los ojos a los más pequeños, les cortan las piernas y les atan las manos. Y después  -también habían escuchado estos rumores los niños que iban en pos del santo sepulcro- los esconden. Esconden los trozos de carne sanguinolenta y martirizada porque es una manera de esconder sus pecados a la vista del dueño del santo sepulcro que no es otro que el que  da la vida y crea el mundo.
Vagaban, los niños, salvajes e ignorantes, sabios los niños en su locura final, aquella que los llevaba a recuperar el santo sepulcro.

Agazapado entre las zarzas espinosas bajo un puente intransitado desde hace un siglo, vivía un mendigo de aspecto inmundo y  aliento a cementerio. Llagas rojas y blanquecinas le cubren, aquí y allá, todo el cuerpo, que es blanco, sin sangre, pálido como una solitaria luna llena de invierno. Su piel son jirones de estopa achatada y mugrienta, su boca, tumefacta, muestra unos labios hinchados y lívidos, como el color morado, casi negro. El pelo de su cabeza, revuelto y sucio de tierra y briznas olorosas a orín, le cae, largo y apelotonado, por los hombros y por la espalda, casi le llega a la cintura. Se cubre con trapos hediondos, rasgados, deshilachados, que dejan ver partes de su horrorosa intimidad. Manos flacas, secas, nervudas, con venas azuladas y gruesas y dedos negros de tierra inmemorial asentada en los intersticios de las uñas, la roña vieja pegada en el anverso  y en las palmas, completaban el aspecto de este deshecho humano que parecía no haber nacido nunca o habitar el mundo desde toda la eternidad. Una baba fina y blanca le caía desde las comisuras y se secaba, pegoteada, antes de llegarle a la barbilla. Tenía barba, tiñosa y extendida hasta el pecho pero no tenía calzado. En vez de pies, lucía muñones deformados por el tiempo, los callos y las costras, ya pútridas, que lo insensibilizaban ante el frío del invierno o el bochorno del estío.

El día del terror será mi nueva carne –pensó el homúnculo que vivía bajo aquel puente-. Y lo pensó cuando vio que se aproximaba una de las tres columnas de nuestros bravos buscadores de sueños y tesoros. Una de las expediciones que se dirigían más allá de la avenida general paz se acercaba, ignorante del peligro, y entonaba, en su marcha hacia el santo sepulcro, los himnos que antes entonó el Tasso en la Gerusalemme Libertata.

Me rodea en la tierra una condenación pálida, pensó el mendigo cuando vio que faltaba poco para que los primeros niños pasaran frente a él, agazapado entre las zarzas. Acechaba, el monstruo. Se relamía, el homínido.

Cerraba la fila de los niños uno de cabellos rojos y fresco de vida adolescente. El viejo saltó de improviso y le tapó la boca con sus manos espantosas. El adolescente estaba vestido sólo con un pantalón, el torso descubierto y marchaba descalzo, mostrando unos pies finos y tallados al aire puro. Miró al viejo y sus ojos eran plácidos y serenos. Lo contempló sin asombro. El horroroso hombre supo entonces que aquel niño no gritaría y le soltó la boca. Quiso escuchar una voz humana: Quiso que una voz humana se dirigiera a él por primera vez en un siglo. El niño, ya con su boca libre, no se la limpió. Seguía mirando al viejo y parecía que los ojos se le hubieran volado. Reían sus ojos.

El viejo le preguntó: ¿quién eres? El niño contestó: Pablo. Y sus palabras eran límpidas, saludables. ¿Adónde vas? A recuperar el santo sepulcro, dijo Pablo. El viejo se puso a reír. ¿Tienes Dios?, le preguntó, y Pablo respondió al instante: No lo sé; sólo sé que es blanco.

Estas palabras parecieron colmar de furor al viejo, que se abalanzó con su nauseabunda boca abierta sobre el cuello de Pablo, quien no retrocedió y continuó mirándolo.

¿No tienes miedo de mí?, preguntó el viejo. ¿Por qué habría de tenerte miedo, hombre blanco?, fue la respuesta del niño.

Y entonces, el viejo lloró con grandes y voluminosas lágrimas, se hincó y besó la tierra húmeda, al tiempo que le decía a Pablo: Deberías tenerme asco porque soy leproso.

– No lo sé, Pablo siguió mirándolo como si fuera un viejo amigo.

Y entonces, por fin, el viejo, tomó más tierra húmeda y limpió la boca de Pablo y le dijo: No tuviste miedo de mí. Mi blancura repugnante es igual a  la de tu Señor. Ve y dile que me ha olvidado.

Nosotros, los niños, no te hemos olvidado., aseveró Pablo. Por eso vamos en busca del santo sepulcro.

El viejo los vio alejarse. Pensó que esta sentencia ya había sido escrita en algún lugar del mundo y en otro tiempo, tal vez remoto: ¡Domine infantium, libera me! ¡Son de palo mis campanas… Que su sonido llegue hasta ti, Pablo, como el puro sonido de las campanas! ¡Maestro de los que sufrimos en silencio, libértame…!
El fin de esta historia –que hemos decidido resumir- narra que los niños fueron como rebaño hacia el precipicio. Sabían muy bien lo que hacían, sin embargo. Fueron hacia el límite porque consideraron que era su deber.  Consideraron que no es suficiente saber sino que, además, hay que  ponerse en marcha.

No llegaron al santo sepulcro. No sucedió el milagro. El destino prefijado (siempre es prefijado el destino, de lo contrario, no sería destino, sería decisión libre y moral tomada por deber) hizo que una de las columnas de niños expedicionarios fuera secuestrada y arrojada al mar. La otra se perdió y desapareció para no ser encontrada sino muchos años más tarde por la obra de otros niños que no cejan todavía en su empeño de dar son el santo sepulcro.

Así como cuenta la leyenda que en un árbol se encontraba encaramado un indiecito guaraní, que sobresaltado por un grito de su madre perdió apoyo y cayendo se murió, del mismo modo se supo que, alguna vez, en un oscuro rincón de un inmundo sótano clandestino ubicado más allá de la avenida general paz, un niñito llamado Pablo escuchó, de la boca de uno de sus secuestradores, que todos sus compañeros de expedición, menos algunos, habían sido fusilados “en la primera semana de enero”.

Ah…! Menos mal –pensó Pablo-. Sufrieron menos. No los arrojaron al mar. Cuando un adulto mata niños es porque tiene miedo…

Tenían 14 años, 15 años, 18 años, 20 años, 70 años…? Buscaban el santo sepulcro, que es lo que importa.

La historia que acabo de narrar comenzó un 16 de septiembre de 1976. Me la contó el clima de época que vivimos hoy en la Argentina, pero podría haber sucedido en cualquier otro espacio de la Tierra y aun del Universo.

Y no puedo seguir porque me quedé sin tinta, aunque aún tengo los lápices, y los lápices no se acaban, renacen, reviven, resurgen, reescriben, rehacen, reconstruyen y reincitan a repensar el camino hacia la redención humana.

Sepamos, desde ya, que la política, si revolucionaria,  tiene por uno de sus objetos, y no el menor ni el menos importante, el sacar del olvido a los vencidos de la historia para hacerlos actuar en el presente, para que actúen,  hoy, a como dé lugar según las circunstancias.
Hoy es 16 de septiembre de 2011 y hace 35 años que ellos están entre nosotros, con nosotros.

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