LA 1-11-14, NUESTRO FUTURO POSIBLE

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Buenos Aires SOS.- 9 de mayo de 2011.- (Por Juan  Chaneton).-  Podría pasar a llamarse “la 26” porque uno más once más catorce es igual a 26, es decir, igual a los años que llevaba  Rodrigo caminando sobre esta tierra cuando un balazo soltado desde la profundidad de la villa y de la noche lo tiró al piso para siempre.
Rodrigo murió allí porque allí había ido a comprar la más pura, la más blanca y la más barata. Rodrigo no vivía cerca de la villa ni por asomo. Según rumores le fascinaba eso del Espíritu Absoluto desplegándose en el tiempo y en el espacio en automovimiento perpetuo, saliendo de sí, es decir, alienándose y convirtiéndose en Naturaleza para, muy luego, resolver esta anomalía de la alienación replegándose sobre sí mismo y deviniendo, así,  conciencia humana individual, la astucia de la razón y esas cosas. Es que Rodrigo estudiaba filosofía. Le gustaba Hegel. Vivía en el Barrio Norte o en el centro, no está claro eso para  mí.  Pero al polvo, a ese que le permitía seguir vivo y también irse de a poco, lo buscaba, ansioso, en la villa. Hasta allá se iba como todavía hoy siguen yendo, y cada vez más, gentes de los barrios medios y altos de Buenos Aires  que consumen, sin prisa pero sin pausa, a favor de una cultura de la promoción del veneno disfrazada de preocupación por erradicarlo.

¿Por qué en la 1-11-14 se puede comprar de la “mejor” y, no obstante, no dejar el sueldo de todo el mes en el intento? Porque es un laboratorio gigantesco que provee en abundancia. Hay sobreoferta y, como toda mercancía, la merca tiene el precio que dicta la ley demanda-oferta y su consumo cuenta con el incentivo que la ley penal, el poder judicial y la DEA le procuran con eficacia y que juega, este incentivo, mancomunado con aquella cultura de la promoción a que aludimos en el párrafo anterior.
Los protagonistas de este espectáculo humano son, de menor a mayor, los siguientes: consumidores, adictos, “dealers”, capos, intermediarios de saco y corbata y dueños del negocio,  de cuello blanco éstos.
La mecánica y objetivos del negocio, inextricablemente unidos, incluyen una secuencia contradictoria pero eficaz en términos políticos. La droga es un instrumento disciplinarista y de control social. Convierte a una masa potencialmente insurgente en rebaño manejable, al modo como despliega su arte el domador de leones. Esta premisa debería operar, de inmediato, una consecuencia: el acceso masivo al producto. Masivo y  a precio vil. Pero ya no es posible dinamitar de ese modo la “economía negra” que financia a la economía legal. Y el derrumbe del precio significaría un colapso medido en miles de millones de dólares anuales. Tiene que ser cara, para lo cual hay que prohibirla. Y, al mismo tiempo, operar mecanismos que golpeen en la psicología de las multitudes de modo de incentivar su consumo. Negocio redondo: se gana dinero y se impide la rebelión. Alta política.

En el marco de este esquema hay fracturas, hilos sueltos, protagonistas disciplinados y protagonistas díscolos, actores colectivos verificables como tales por franja etaria o por nacionalidad y, fundamentalmente, excluidos de la vida y de cualquier artificio que signifique un puente hacia lo humano, es decir, pobres. Los pobres no deben rebelarse nunca y con la droga este objetivo ha sido logrado. Hasta ahora.
La droga ha sido implantada en el corazón de la pobreza y nuestra 1-11-14, justo frente al ex “Gasómetro”,  transfigurado en “Carrefour”, ha devenido curiosidad antropológica, sociológica y turística. Es nuestra “Rosinha”. La Rosinha de los porteños. Esto no es Rio ni está “Marcola”, pero tenemos nuestra 1-11-14 y a “Marcos”, a quien ya presentaremos.
Nadie sabe qué pasó aquella madrugada de lunes en que cayó Rodrigo, estigmatizado como “adicto recuperado” por la crónica periodística y por la microsociedad en que vivía. Referirse a alguien como “adicto recuperado” conlleva una carga discriminatoria muy fuerte y funcional al objetivo de la prohibición. Nadie habla de alcohólico recuperado ni de recuperados del tabaco.
El caso es que Rodrigo iba. Son ya demasiados los testimonios de quienes han pasado por cualquiera de esos “centros para la recuperación de adictos” y cuentan que se sale de ellos, cada día, con más ganas de seguir consumiendo. Son muchos los jóvenes que se ríen del jingle televisivo que asegura que “la droga es un camino de ida” y que, esa misma noche, le dan fierro a la tabla hasta darse vuelta, total… para qué regresar a esto… Que sea un camino de ida no está del todo mal. Subliminal incitación al suicidio, eso es.
Los “rodrigos” son cada día más. Quiero decir: la gente bien que acude a que la gente mal les provea cocaína. Los códigos en la 1-11-14 son conocidos. Serpean por la periferia de ese conglomerado de excluidos, expurgados y expulsados cantidad de jóvenes que sí viven en la villa y a los que la “sociología especializada” moteja científicamente de “satélites”, por eso de que dan vueltas alrededor de la villa esperando que llegue el cliente quien, por otra parte, ya lo conoce. Transan, pero la “alita de mosca” no está ahí. Hábiles sobre el celular, las yemas de los dedos hacen que suene otro en el interior de la villa, donde está el proveedor. Mandame tanto. Listo. Al cabo de unos minutos aparece ese “tanto” y el cliente se va con su carga de ilusiones, un poco más seguro y aliviado. Es de la buena. De la mejor. Transparencia, suavidad y evanescencia. Tales son los atributos con que salió de alguna “cocina”. Transparentes, suaves y evanescentes son las alas de las moscas, de todas, aun de esas que reptan, verdes y gordas, sobre los excrementos, sobre cualquier porción de materia descompuesta.
El shopping, le dicen. Ir de shopping, aquí, es ir a comprar cocaína o paco. La 1-11-14 queda en el Bajo Flores. La comisaría que garantiza el negocio es la 34º. Los enfrentamientos a tiros, dentro de la villa, son el pan cotidiano y los robos en las inmediaciones también. Ni las escuelas se salvan. El problema, en este rincón de nuestra amada Buenos Aires, la ciudad de los libros, una de las más cultas del mundo, se presenta también a la entrada y a la salida de las escuelas. En este rincón de Buenos Aires se hallan los colegios 4, 11, 12 y 22 y los padres marchan y recontra marchan, desde hace mucho, en demanda de seguridad. Se la piden a la policía. La cosa es más o menos así: el gallo, en su calidad de jefe del gallinero, le ordenó a una de las gallinas más viejas y experimentadas que lo acompañase a hacer una gestión. Y allá fueron. Pidieron audiencia con el lobo y le dijeron, luego de los saludos de rigor: señor lobo, usted, que vive en nuestro gallinero, en fin… nos encanta que viva en nuestro gallinero pero, por favor, cuídenos… Descuéntenlo, contestó el lobo y gallo y gallina regresaron satisfechos a comunicar a sus congéneres la buena nueva.
En Monn al 2300 está la escuela 12, una de las involucradas como víctima en esta historia. Los chicos son golpeados y robados junto a sus padres cada vez que van a la escuela. También lo son los maestros y los que trabajan  como personal auxiliar. El producto de los robos es para el paco, por lo general.
Y como robar una escuela es un sacrilegio equiparable a la violación de un sepulcro las víctimas reaccionan instintivamente contra los autores inmediatos del crimen, contra los pibes chorros, envueltos ellos en una nube sucia de humos y olores y oportunidades que nunca tuvieron y que han decidido que ya nada vale la pena y que si somos invisibles para la sociedad y para los gobiernos pues entonces les haremos ver que existimos, les pegaremos donde les duele y jódanse, mientras la policía cuida que nada se salga de madre y que todo siga funcionando como debe ser.
Si ponemos la lupa en el interior de nuestra amada 1-11-14 aparecerá, nítido y en lugar de privilegio, el problema “nacional” como ingrediente que integra el menú de la violencia y el crimen. En la 1-11-14 hay bolivianos, peruanos y coreanos. Estos dos últimos grupos son los que controlan el negocio y pugnan entre sí, con el cuchillo entre los dientes, para desalojar a los otros. Lo del cuchillo es casi un tropo para adornar la sintaxis. En realidad se cagan a tiros, para decirlo en un lenguaje no por chabacano carente de diafanidad. Parecería que es más bien lo contrario. Es diáfano porque es chabacano, porque así es el habla popular. Y popular, aquí y ahora, no está referido sólo a la villa. Alcanza a Recoleta, Barrio Parque y La Horqueta. Allí, en esos “barrios altos”, también se dijo, en los ’70, que a los “subversivos” había que cagarlos a tiros. Y se dijo en la mesa, delante de los chicos. Y se usa también hoy la expresión en esos barrios, plenos de glamour porteño, porque  el habla de los pueblos resulta insustituible a la hora de despejar equívocos.
También hay argentinos, chilenos y paraguayos pero en la merca están los peruanos y los asiáticos. Por lo menos en la merca gorda. La 1-11-14 son 14 hectáreas con diez mil personas.
Esta villa tiene su historia particular. La historia  es que en 1976 la dictadura genocida decidió desalojar las dos villas más grandes de Buenos Aires: la 1-11-14 y la de Retiro, la 31. Se venía el Mundial y había que dar “buena imagen”. Tapar la miseria, esconderla, como escondieron a los muertos, presos y mutilados. Pero, al fin, tampoco  pudieron. No dieron con el método adecuado para que la villa deje de ser villa y se convierta en un hábitat decente y con servicios que todo ser humano necesita. Sólo atinaron a ocultar la miseria. Su ideología les tapó la vista y les obnubiló el intelecto y militares y empresarios sabían (saben) lo bien que les viene que la ideología les haga de tapadera. Su ideología, en acto, opera  así: con los pobres no se puede, siempre serán como son, no aprovechan las oportunidades que se les brinda, son borrachos, timberos, criminales y delincuentes de poca o mucha monta, por lo tanto, a otra cosa mariposa y los frutos de la riqueza siguen estando donde deben estar, y ello está en la naturaleza de las cosas. Siempre hubo  pobres, por otra parte. Esto se llama ideología como falsa conciencia, como sistema simbólico ilusorio que obtura la comprensión de lo real. Se incurre en ello de bonne foi o de mala fe. En este último caso, tal conducta se denomina impostura de la mala fe.
La Comisión de vivienda de la villa 1-11-14 lucha por eso justamente, por la vivienda. En su mayor parte, los que militan por vivienda y trabajo digno son los bolivianos. Están fuera del tráfico ilícito. Se enfrentan a políticos que prometen y no cumplen y a  “piqueteros” que los quieren echar porque no son argentinos y consideran que a falta de casa y falta de casa la casa le corresponde a un nacido en estas ubérrimas pampas. O a un nacido en la quebrada de Humahuaca. Éste siempre tendrá más derecho que un boliviano pero menos que uno corrido de Quilmes o de Lanús. Así domina la clase dominante, diría Goran Therborn, un sueco amigo de Atilio Boron que, a esta altura de los acontecimientos mundiales, no sé dónde andará.
No sólo de droga vive el hombre. También de prostitución y contrabando. Pelean por el negocio peruanos y coreanos. Dentro de la villa, los separa una calle: en una vereda se venden empanadas y alcohol destilado aprendido a fabricar a orillas del Rímac; en la otra los carteles anunciando los productos que se venden son genuinos jeroglíficos para un sudamericano. Es la grafía coreana.
Y los domingos. Ahí sí que se pone buena la cosa. Llegan los visitantes “extranjeros”, es decir,  los que viven en Palermo, Villa Crespo o Belgrano “R”, por ejemplo. La Feria de los domingos corre por cuenta de la comunidad “bolita”, que instala sus tiendas para vender de todo.

En suma, la villa 1.11.14 parece ser un lugar donde, como en toda la periferia del “sistema mundo” capitalista, circula mucho dinero. Concentrado en pocas manos, ese dinero proviene, en medida mayoritaria, de tráficos ilícitos, mientras que la mayoría subsiste con poco y nada. Venirse corridos por la miseria que reinaba en Bolivia hace treinta y cuarenta años, y veinte años también, ha sido una necesidad vital. Aquí siempre se podría encontrar algo para no morir. Aunque fuera en la villa, Aunque fuera peligroso vivir en ella. La comunidad boliviana, laboriosa en serio, se mantiene unida en sus tradiciones, en sus costumbres, en su gastronomía, en su música, juntándose codo a codo.
Y los domingos, huelga decirlo, son los días propicios para que los de afuera compren marihuana, cocaína o paco. En cada esquina un “arbolito” pero éstos no cambian moneda extranjera, como en el microcentro porteño. Estos venden droga.
Este perímetro de unas cuantas hectáreas que constituye la villa 1-11-14 está delimitado por las arterias Perito Moreno, Varela, Riestra, De Vedia y el club DAOM  y es el escenario en el que actuó Marcos, el célebre capo narco que zafó de un operativo de Gendarmería y que, según se dice, actúa todavía hoy controlando el negocio y  haciendo ejecutar a los que lo traicionan.
Aquel operativo fue a principios de mayo de 2007 con profusión de bombos y platillos para consumo del amable público que lo veía por tevé. Marcos Antonio Estrada González pudo fugar y los 200 kilos de cocaína que guardaba en la villa no fueron encontrados por los gendarmes ya que estaban muy bien estibados, según dijeron. Según dijeron los medios, a los que habría que incorporar a esa tenebrosa aparcería del negocio ilegal en el que participan, cada uno haciendo su juego, narcos, fuerzas de seguridad, los jefes de unos y otros que, generalmente, son señores impolutos y fuera de toda duda en cuanto a su bien ganada reputación y… los medios, que cuentan historias como ésta apelando a un lenguaje encubridor y legitimando un supuesto accionar antidelictivo del Estado.
Marcos le había ganado la “guerra” acá, en la villa 1-11-14, a “Ruti”, nacido Alonso Rutillo Ramos Mariño, el que fue muerto y sepultado de modo que el camino quedó  para Marcos despejado. Cuando éste pudo burlar a cientos de gendarmes que entraron a la villa  en aquel mayo con una orden emanada del juez  federal Jorge Ballestero, tomó la posta su suegra, Doña Lucila Enríquez  Alarcón (Lily), quien quedó a cargo de los negocios. Lily fue la única apresada en aquel operativo.
Desde el exterior, Marcos ordena y manda. En Villa Urquiza, murió un matrimonio de peruanos. El hombre había sido su sicario y se quedó con un vuelto de drogas y dinero. También hubo, durante estos años, ajustes de cuentas en el Abasto y Palermo. Marcos sigue…
Cuando el “megaoperativo” de Ballestero fracasó, grandes festejos hubo en la villa, como en el día en que nació Avenamar, aquel moro de la morería. Sólo que aquí, en “la 26”, hubo cumbia, vino y platos típicos del Perú. Estaba contenta la gente. Y no era para menos. No sólo se había salvado “papi” sino el medio de vida, la fuente de trabajo. Es que con 200 kilos a 5000 dólares cada kilo la cifra es realmente sorprendente y con ella es seguro que se puede hacer obra, obra social y económica, la que realiza el “Estado de Marcos” allí donde el Estado está ausente no por impotencia sino porque quiere, porque su ausencia es sistémicamente funcional a un negocio que, si desapareciera del mundo, mandaría a la quiebra a los grandes bancos, empresas, fondos de inversión, consultoras “calificadoras de riesgo” y tantos otros emprendimientos que constituyen la estructura del capitalismo en proceso de paulatina putrefacción.

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