EL ÚLTIMO CANTO DE «LA SIRENA»

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Buenos Aires SOS.- 10 de mayo de 2011.- (Por Rubén Derlis).- Sobre la amplitud de un pedazo de pampa que el progreso comenzó a domeñar a golpes de azada y pala de puntear no hace mucho, el Camino de las Tropas –así se lo conoce desde los tiempos de Rosas– se extiende entre grandes chacras esquivando frondosos ombúes en busca de los Santos Lugares; ornan su vera altos cardales con lujo desmedido de azules y violáceos; por otra parte esta policromía resulta ser el único derroche de riqueza, ya que salvo los verdes agrestes no hay nota de color puesta por mano humana; los escasos ranchos, desperdigados en la llanura, apenas si han sido encalados, y las contadas construcciones de ladrillos que se han comenzado a levantar por estos andurriales –tierras anegadizas en invierno, polvo reseco en el verano– esperan ser vestidas alguna vez con revoque grueso, que del fino, ni hablar.

Estamos en 1876 y en el Partido de Belgrano; faltan pocos años pero mucha sangre de compatriotas para que estas tierras se federalicen y pasen al dominio de la Capital junto con San José de Flores. Y habrá que esperar hasta 1904 para que el histórico camino sea oficializado en la nomenclatura porteña y se lo designe como avenida Del Tejar.

Pero en aquel año de 1876, en lo que hoy es la esquina sureste de Ricardo Balbín y Núñez, se levantó una pulpería que se llamó La Sirena, dado que en su fachada –según tradición luego recogida por barriólogos– lucía una imagen (¿alto o bajorrelieve?, no se sabe: sí que era de mampostería) de esta ninfa marina con busto de mujer y cuerpo de pez que con su seductor canto extraviaba a los navegantes. Extraño lugar para una representación mitológica de este tipo. Lo cierto que su nombre perduró hasta nuestros días, pues el mismo pasó a un almacén y despacho de bebidas, luego fonda, posteriormente café y bar y actualmente restaurante.

El café y bar estuvo desde 1930, lo que no es poco decir en una ciudad que todo lo devora, y fue evolucionando hacia lo gastronómico con el paso de los años, pero aún así nunca perdió su espíritu de café; tal vez porque muchos de sus viejos habitués recuerdan cuando allá por la década del 50 tenía billares y permanecía abierto hasta altas horas de la noche congregando a la muchachada saavedrense de distinto pelaje, pues es menta que allí se reunían boxeadores, pintores, cantores y algunos amigos de lo ajeno que, para la ocasión, eran siempre respetuosos del barrio por una cuestión de códigos hoy inexistentes.

El artista plástico Lino Enea Spilimbergo fue un asiduo concurrente en la etapa café-bar de La Sirena cuando vivía en Guayra 3818 (hoy José P. Tamborini y barrio de Coghlan). En sus paredes aún se pueden ver reproducciones de algunos de sus cuadros y en una vitrina la invitación ológrafa a una exposición de sus obras en la galería Bonino en 1953.

Ángel González, que se desempeña en la casa desde 1967 tiene mucho para desfoliar de tanta vida escrita entre estos muros; así memora cuando solían armarse mesas de gente de tango que luchaba por el resurgimiento del 2 x 4. No hay que olvidar que aquí muy cerca se hallaban los estudios de grabación de Philips y de RCA Victor; y menciona a Aquiles Giacometti, un productor discográfico de vasta cultura musical, empeñado en hacer grabar tangos en la Víctor, que muy poco interesada estaba por cierto, pero que finalmente logró, y que entre otros éxitos produjo la colección Apoyando el buen tango.

También recuerda a Edmundo Rivero, que había nacido en Saavedra y que solía llegarse al café cuando la grabación de algún vinilo lo requería.

Un tomo aparte llevaría el anecdotario acumulado por Ángel acerca de Roberto Goyeneche y su asiduidad a La Sirena, tanta que según los que frecuentaron al Polaco –entre ellos uno de los dueños del lugar, que fue compañero de colegio del cantor–, sería imposible disociarlos.

Quien hoy entre a este lugar de ribetes mágicos, percibirá que un algo flota en su ambiente; que además de la pintura de César Mayol, de inequívoco estilo ingenuo que oficia de frontispicio interior, y de estar rodeado de banderines de clubes de fútbol, algunas fotografías y el nomenclador azul –envidia de quien esto firma– de cuando esta avenida se llamaba Del Tejar, algo hay aquí que lo retiene, como si quisiera contarle desde la intimidad de una mesa –vino o café mediante para la pausa– algunos de los secretos que Saavedra encierra: desde los desbordes del arroyo Medrano que ponían un parate obligado al viajero, hasta los ficcionales vagabundeos noctívagos de Adán Buenosayres y Samuel Tesler, o los reales de Jorge Luis Borges y Francisco Luis Bernárdez cuando iban a visitar al inefable Xul Solar.

Según nota firmada por Agustín Gallego y publicada en el periódico El Barrio recientemente: “Sus dueños quieren desprenderse del negocio debido a que son personas mayores y sus hijos no tienen interés en continuar.” Además deja muy en claro para despejar de toda duda a aquellos que puedan suponer que la Comisión de Bares Notables no se haya interesado por este lugar, citando a Marcelino Mayol, dueño del establecimiento junto a su hermano Osvaldo: “ Nunca quise que La Sirena fuera notable (Se refiere a los cafés declarados Notables en la Ciudad de Buenos Aires) pues exigen ciertos requisitos con los que no estamos de acuerdo, como es tener abierto el local por las noches o prestarlo para que se realicen espectáculos de tango. Además, entiendo que pasaría a ser algo intangible; no podríamos reformarlo libremente ni venderlo”.

Como corolario sólo podríamos decir que perdimos –pues el predio está en venta y no tardará mucho en tener nuevo propietario, que con seguridad hará uso del solar para elevar un palomar humano– , otro hito de la historia de Saavedra en particular y de Buenos Aires en general, ya que La Sirena lo fue desde su inicio, cuando convocaba a su mostrador de pulpería al gauchaje que hacía un alto en sus faenas camperas, se apeaba de la cansina carreta o desensillaba para una ginebra antes de proseguir rumbo al norte. Y ese vértice que recién comenzaba a perfilarse como una esquina, aún no tenía ni asomo de porteña y menos aún de barrial, pues era la campaña, como se decía entonces.

Es de esperar al menos que el edificio que el dudoso progreso levante sobre el recuerdo de tanta historia viva se llame “La Sirena”, para que si cualquier porteñito, ya avanzado el siglo XXI pregunte el porqué de ese nombre, algún porteño de alma se lo pueda explicar.

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