EL HOMBRE COMÚN

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Buenos Aires Sos.- Diciembre 2009.- (Por Osvaldo Ardizzone).- ¿Te diste cuenta Juan, cuántas veces nos referimos a la rutina? Claro que, de esa que ahoga, de esa que asfixia…Y mucho más la del hombre común, Juan, o la de la muchacha común, esa que enmohece sus sueños en el tedio de una oficina y que, entre un «de mi mayor consideración» o un débito en la cuenta de «Gastos Generales», pretende robarle al cielo un cacho de azul o el ensueño de una nube por el rectángulo de la ventana…

Ya sé, Juan, que vos, que yo, que todos, ambicionamos las alas libres del gorrión, el mágico billete para un  tren sin destino, la excitante incertidumbre de un camino largo sin final…O la promesa de esa muchacha desconocida que, en un atardecer de otoño, anda despreocupadamente por un parque arrebujada en un tapado azul.

Sin embargo, hay otra rutina, Juan…Si querés llamala hábito, si preferís, costumbre. Es esa que entra a formar parte de tu vida, con los muebles de tu cuarto, como esa silla tan cachuza, pero que hace tanto tiempo que te acompaña. Como ese tocadiscos tan antiguo que, a pesar de sus ruidos, de su aspecto tan poco seductor, sin estereofonia, siempre te tributa tu melodía preferida a lo largo de tantas noches compartidas con tu insomnio. O, como esa pretensión de biblioteca que una vez tuviste la humarada de construirte con tus manos torpes, pero que, a pesar de todo, siguió y sigue albergando tus viejos libros ya un tanto deslomados. Como esa vieja edición de aquel Becker que, de tanto y tanto repasar, aunque más no sea para volver a detenerte en los trazos adolescenteees de aquellla letra menuda y vacilante de la lejana dedicatoria amorosa.

Juan…¿Te das cuenta a qué clase de rutina me refiero? A la que te somete, sí, pero no asfixia, que no agobia, que no irrita. Me refiero a ese puñado de costumbres, de hábitos que concluyen por meterse mansamente en tu vida, casi sin darte cuenta, casi sin advertirlo…¿Qué? ¿Acaso, Juan, no te ocurre cuando alguien se atreve a cambiarte la disposición de tus cosas, aún las más superfluas? Porque con sólo un cambio de lugar, con que sólo no esté tu desgastado cenicero sobre la mesa de luz, con que una mano atrevida te hubiera cambiado de pared el poster descolorido de tu Gordo Troilo, ya estás experimentando una fractura, una contrariedad…¿Sabés por qué Juan? Porque, aunque no lo mires, en la rutina de todos los días, tenés conciencia, tenés el hábito ya arraigado en vos, que está ahí en la pared que da sobre la ventana, donde siempre estuvo, donde vos mismo lo ubicaste.

Mirá, Juan…¿Sabés a qué conclusión llegué? A que ese tipo de rutina es paz del espíritu, sosiego, tranquilidad, compañía. Más te digo: llega hasta ser seguridad. Fijate vos…Yo llevaba como más de veinte años comprándole el diario de la mañana al mismo vendedor de la estación de trenes…Y te digo, Juan, que hasta sin mirarlo, ya descontaba que era don Pastor, ¿quién otro? ¿por qué otro?. El buen día, la entrega del dinero, el diario que él me daba, todo ese proceso adquiría los ribetes de un hecho maquinal, previsto, cómplice. Hasta ese día en que, sin mirarlo, como siempre, advertí que ese no era don Pastor. Y experimenté como un golpe, como un desequilibrio…¿por qué? Porque don Pastor, aquel viejo don Pastor, ya había entrado a formar parte de mi vida, de mi mañana, de todas mis mañanas. Como la callejuela que me lleva a la estación, como el chiste cordial de don Martín, el gallego de los cigarrillos. Como doña Marga, la vecina de siempre que, de espaldas, mientras cuida sus flores, me lanza el puntual e infaltable comentario de todas las mañanas, que alcanza la dimensión de un saludo…«Buenos días, buenos días…qué heladita ¿no? La maldita se las toma con mis pobres rosales…» Así que, fijate vos, Juan, don Pastor, don Martín, doña Marga, se fueron nutriendo de mi rutina como yo me nutrí de la que ellos me dan…¡Qué contradicción es el hombre! Repudia, aborrece la rutina y, sin embargo, concluye por amarla…Es que, por lo general, pasa por su lado sin darse cuenta, sin reparar en ella, como todo lo reiterado, como todo lo repetido, como todo lo previsto.

Por eso te repito, Juan…¿sabés a qué conclusión llegué? No, no es una humarada, ni una pretensión de filosofía profunda…Más que un filósofo, soy un hombre común, como vos, Juan, pero a mi juicio, uno de los fundamentos del amor es la rutina. Hablemos, incluso, de los vínculos que estrechan a la pareja, al hombre y a la mujer…Sí, la juventud, la belleza física, el ingenio, la atracción de la piel. Todo eso, si querés, agregado a los valores del sentimiento, de la afinidad…pero ¿ y después? La vida, las preocupaciones, los años en común, es natural que la pasión se calme, que el amor se torne un tanto muelle, apoltronado, sin zozobras, sin impaciencias, sin insólitos…Y, sin embargo, algunas parejas siguen más estrechamente ligadas. ¿Sabés qué es eso? La rutina de que te hablaba, la suma de todas las rutinas, decir cosas que se funden en un vínculo indisoluble.

La tía Eulalia siempre lo recuerda, Juan…Aquellos viejos marinos de la Boca, tíos de ella, que aún después de muchos, muchos años de abandonar la cubierta de un lanchón o de un remolcador, volvían todas las mañanas a la ribera atraídos por ese olor a resina típico de los puertos o, simplemente a fumarse una pipa placidamente sentados en un banco de la plaza de los Suspiros, allá en la Vuelta de Rocha. Lo mismo comprobé con algunos boxeadores, Juan. Esa inequívoca identificación de las narices aplastadas, de los pómulos eternamente inflamados, que merodean las cercanías del Luna Park, no sólo las noches de gala, sino hasta los mismos días de la semana, como si fuesen en busca  de ese ayer que sólo allí puede, al menos, servir para juntarse con la antigua y perdida costumbre.

O, como me confesaban hace muy poco tiempo, el «Chapa» Suñé, Omar Larrosa y, en otra oportunidad, «Pancho» Sá. Cuesta decir adiós a los hábitos, a las costumbres que estan arraigadas en la vida de uno.  Por eso, a ellos les cuesta pronunciar el adiós definitivo, porque hay que romper con una rutina que dejaran de frecuentar. Aunque uno piense que al agitar el pañuelo de la despedida se libera, es, justamente, cuando comienza a encadenarse a esa pena de la ausencia. Por eso el marino merodea los puertos; por eso el campeón o el más oscuro preliminarista, recalan donde alguna vez se calzaron los guantes, o soñaron con los aplausos y los gritos.  Por eso el jugador quiere seguir jugando y lucha más por quedarse cuando vislumbra la imperiosas necesidad de irse…para siempre…Por eso he visto a muchos antiguos actores frecuentar los teatros y los antiguos cenáculos donde se albergó la pasión de su vida.

Hace ya unos años, con motivo de una nota evocativa, juntamente al ataque de River del cincuenta y tantos con el «Guito» Vernazza, el doctor Prado, el «Botija» Walter Gómez, el «Feo» Labruna  y el «Pistola» Loustau..Y, acudo a los apodos, porque volvieron a aflorar en las bromas, en el relato de las jugadas, en el picante de algunas anécdotas. De a poco habían regresado a sus más queridas rutinas. Lo mismo que experimenté cuando en la confitería El Águila, de Callao, me junté en una bulliciosa mesa con los campeones sudamericanos del cuarenta y cinco…Cuando se alcanza la magia, cuando todo parece volver a ser. Cuando el humorismo del «Tucho» Méndez se «encarnizó» con la bronca pintoresca del «Capote» De la Mata, que hace menos de un año se fue para siempre.

¿Te imaginás, Juan? Cuando uno de los dos diga basta. O le canten ¡basta! Y al que siga aquí, en la tierra, ¿qué le queda? Si te quedás vos, te faltaran mis rutinas, si me quedo yo, me faltaran las tuyas. ¿Sabés que es eso, Juan? Soledad. La más cruel y verdadera soledad. (Escrito el 4/5/1981)

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