Discurso de Claudia Piñeiro como Ciudadana Ilustre de la Ciudad

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(Por Claudia Piñeiro)

Me siento muy honrada y antes que nada quisiera agradecer.
A los legisladores y legisladoras de Buenos Aires que votaron esta distinción. En especial a quienes me propusieron: Inés Gorbea, Patricia Vischi, Leandro Halperin, Marcelo Guouman y Juan Nosiglia.
Al ministro de Cultura de la Ciudad, Enrique Avogrado, por acompañarme esta tarde.
Un profundo agradecimiento a los amigos que están conmigo en este escenario, por estar aquí y por sus palabras: María O’Donnell, Guillermo Martínez, Reynaldo Sietecase.
Y a todos los presentes que me abrazan con su compañía.
De todas las distinciones o premios que he recibido, la de Ciudadano Ilustre es probablemente aquella cuya definición resulta menos asible. Cuando un escritor recibe un premio por un libro, por una novela, o por un cuento, está claro qué se está premiando. Incluso cuando lo recibe por la obra en general. Pero la distinción de Ciudadano Ilustre obliga, si me lo permiten, a una reflexión sobre ese título.

De la ley de la ciudad número 578, que instaura este premio, me gustaría destacar el artículo 2:
“No puede otorgarse a personas que hayan cometido crímenes de lesa humanidad en cualquier parte del mundo, ni a quienes hayan ejercido e impartido órdenes de represión durante las dictaduras militares en Argentina.”

Cuando leí el artículo mencionado me sorprendió que fuera necesario aclarar ese punto. Pensé: ¿A quién se le podría ocurrir darle la ciudadanía ilustre a personas que porten semejantes antecedentes en el currículum? Pero luego, con un poco de sensatez, asumiendo los tiempos que corren en los que parecería que acuerdos que creíamos inalterables han dejado de serlo, y teniendo en cuenta que en los últimos días hasta presenciamos discusiones acerca de si la tierra es redonda o tiene forma de lenteja aplanada, agradecí que al sancionar esta ley hayan introducido el párrafo en cuestión.

En cuanto a la semántica, al significado de las palabras que dan nombre a la distinción, voy a dejar de lado la palabra ilustre, que como la mayoría de los adjetivos es un concepto relativo. Siempre hay que desconfiar de los adjetivos. Incluso en la literatura. O en la literatura más que en ningún otro campo. Usar un adjetivo implica juzgar una cualidad según los criterios de quien lo hace. Con sólo leer los sinónimos que da la Real Academia Española en la definición de ilustre se pueden concluir los riesgos de su uso: preeminente, sobresaliente, conspicuo, insigne, célebre, renombrado, prestigioso, notable, excelente, distinguido, eminente, egregio, eximio, ínclito, superior, señalado, prominente. Quien es ilustre para unos puede no serlo para otros. Seguramente los legisladores habrán votado con mayor convicción a uno que a otro de los diez candidatos. Seguramente algún ciudadano, en su casa, cuando aparezca la noticia, se preguntará por qué nos consideran ilustres a varios de nosotros. Definir qué es ilustre, con Rae o sin Rae, podría llevarnos a una discusión de nunca acabar.

Pero sí me gustaría reflexionar sobre qué es ser ciudadano, sobre todo qué es ser ciudadano hoy. Con los sustantivos me atrevo, son menos ladinos que los adjetivos.

El concepto de ciudadano evolucionó a lo largo de siglos. No significaba lo mismo ser ciudadano en la antigua Grecia o en Roma que ser ciudadano en la Buenos Aires de hoy. Me gustan más las definiciones de ciudadanía que involucran no sólo el espacio en donde se habita sino también a aquellos que tenemos a nuestro alrededor. Por ejemplo, me gusta la definición: “ciudadano es una persona que co-existe en sociedad”. O mejor aún esta otra: “La ciudadanía es la expresión de pertenencia que una persona tiene hacia una sociedad determinada en la que participa”. Porque acá aparece otro concepto: la participación. Uno puede ejercer la ciudadanía en forma pasiva, asumiendo muy pocas obligaciones, por delegación casi absoluta, votando a quienes nos representan. O ejercer la ciudadanía de forma activa. Si se decide por esta última, cada uno definirá cuál es la mejor manera de participación para él, desde controlar que nuestros representantes cumplan con sus funciones, hasta reclamar por la suba de tarifas o por la ampliación de derechos. En lo personal, me resulta difícil ejercer la ciudadanía hoy sin alguna forma de participación.

Un ejemplo colectivo de participación ciudadana que me enorgullece lo veremos una vez más en las calles este viernes 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer. La calle es un espacio de esta ciudad que tiene una fuerte tradición de uso para ejercicio de ciudadanía: los ciudadanos de Buenos Aires salimos a las calles para ejercer activamente nuestra ciudanía. En dos días la ciudad se llenará de mujeres –y de los hombres que puedan acompañarnos- reclamando derechos que parecen obvios: que no nos maten, que nos dejen decidir sobre nuestros cuerpos, que nos dejen decidir si queremos ser madres, cuándo y cómo, que cuando decimos no es no, que debemos ganar igual salario por igual trabajo, que debemos compartir con los hombres los lugares de poder político, económico, profesional, social. Todos reclamos que a mí me suenan tan obvios como aquel artículo 2 de la ley que dice que quien cometió un acto de lesa humanidad no puede ser ciudadano ilustre. Sin embargo, para algunos parece que no, por eso saldremos a la calle a gritarlo. Seremos ciudadanas activas en Buenos Aires, pero al mismo tiempo en todas las ciudades del país, en todas las ciudades del mundo, diciendo “ni un paso atrás”. Creo que hoy no hay mejor ejemplo de ciudadanía activa que el movimiento feminista que vino a agitar un ejercicio de ciudanía que estaba aletargado.

También me gustaría tomar unos minutos para reflexionar sobre qué significa ser ciudadano específicamente de la ciudad de Buenos Aires. Por ser un día de festejo voy a dejar para otro momento las quejas, que las hay, para concentrarme en cierta posición privilegiada que tenemos por vivir aquí. En el campo literario, por ejemplo, tengo excelentes colegas a los que se les hace mucho más difícil parte de la tarea, desde publicar hasta llegar a los lectores, que a quienes vivimos aquí. ¿Por qué? Porque las grandes editoriales están en esta ciudad, porque los eventos culturales más masivos como la Feria del Libro son en esta ciudad, porque los grandes medios que difunden nuestro trabajo están en esta ciudad, porque la gran concentración de librerías –y a pesar del espanto que provoca que tantas hayan cerrado por el pésimo momento que está pasando el sector editorial- sigue estando en esta ciudad. Lo mismo sucede en otros aspectos de la cultura. Buenos Aires es una de las ciudades del mundo donde hay más espectáculos teatrales por noche. Esta ciudad tiene una de las universidades públicas más prestigiosas del mundo, la UBA, que gracias a su ingreso libre y gratuito sigue siendo motor de movilidad social y orgullo para muchos de nosotros. En Buenos Aires hubo unión civil antes de que a nivel nacional se sancionara el matrimonio igualitario. Intuyo que si en esta ciudad se hiciera un plebiscito para ver si queremos aborto legal , seguro y gratuito ganaría el sí. Y no tengo dudas de que en Buenos Aires los ciudadanos conseguiríamos formar una masa crítica lo suficientemente grande como para oponernos a poderes siniestros dentro del Estado, la Iglesia, o a agrupaciones de personas que se creen con más derechos que otras, y así impedir que se torture a una niña violada de 11 años y se la obligue a parir, como sucedió en la ciudad de Tucumán hace unos días. Entonces me pregunto, ese poder ciudadano que tenemos quienes vivimos en Buenos Aires, ¿se debe limitar a los contornos que delimitan nuestra ciudad? ¿Podemos mantenernos indiferentes a lo que pasa en otras ciudades de nuestro país? ¿Debemos dejar que se torture a una niña violada que acude a un centro de salud a pedir que se le dé una asistencia a la que tiene derecho por ley porque eso no sucede dentro de nuestra jurisdicción? ¿Nosotros como ciudadanos y ustedes como legisladores no podemos hacer nada más que lo que hicimos? Muchos de los legisladores de la ciudad, muchos ciudadanos también, tienen opinión formada sobre si hay o no que participar activamente en otro país si se supone que se están violando los derechos de sus habitantes. ¿Y en otra provincia o ciudad de nuestro país no?

La ciudad de Buenos Aires tiene más responsabilidades que otras por ser ciudad capital, y por esa misma razón Buenos Aires es una ciudad de todos los argentinos. Uso la palabra responsabilidad porque creo que es la que cabe. Me parece que nuestra situación de privilegio nos obliga a ser responsables también de lo que pasa fuera de nuestros límites. Cuando yo era chica, si en la casa vecina se oían gritos y platos rotos los mayores nos decían que no teníamos que meternos “porque son cosas privadas, problemas de esa familia que tienen que resolver entre ellos”. Hoy sabemos que ante la misma circunstancia debemos llamar al 911, que sí nos tenemos que meter porque puede tratarse de un caso de violencia doméstica, y la violencia domestica dejó de ser una cuestión privada. De la misma manera, creo que tenemos que hacer algo cuando se tortura a una niña en la ciudad que sea. O cuando se les niega a los chicos en edad escolar la posibilidad de acceder a una educación sexual integral que probablemente sea la única arma que reciban para protegerse de quien quiera abusar de ellos dentro de su propia familia. ¿Vamos a seguir dejando que torturen niñas? ¿Vamos a seguir dejando que niños que viven en otras ciudades de nuestro país no reciban la educación sexual necesaria para que nadie abuse de ellos solo porque hay grupos de poder homofóbicos que le tienen terror a cualquier herramienta educativa que contenga la palabra sexo? Ayudar en este sentido también entra dentro de “ayuda humanitaria”. Una ciudanía activa sin excusas creo que es hoy nuestra responsabilidad cívica.

Por último, vuelvo a aquello que es mi tarea, mi oficio, mi pasión, y vuelvo a esta ciudad, que como dice Eladia Blázquez “.. está embrujada, sin saber, por el hechizo cautivante de volver. No sé si para bien, no sé si para mal, volver tiene la magia de un ritual”. Entonces, volviendo a Buenos Aires y a la literatura, elegí arbitrariamente una docena de textos que permiten un recorrido por la ciudad. Algunos son sitios que podrán ubicar en la realidad, otros son construcciones literarias. Pero todos son Buenos Aires.

La casa de la calle Garay, de El Aleph, de Jorge Luis Borges.
La fuente de Recoleta y la casa de la calle Ayacucho de El vestido de terciopelo, de Silvina Ocampo.
El pasaje de la Calle Güemes, en El otro cielo, de Julio Cortázar.
El edificio Kavanagh, en el libro del mismo nombre de Esther Cross.
La puerta del departamento de Palermo por el que un ex marido desliza el poema que aparece en El libro de Tamara de Tamara Kamenszain.
La villa 31, en La 31, una novela precaria, de Ariel Magnus.
La ochava de la calle Muñecas, que aparece en Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal
Los grafitis en las paredes de Buenos aires, en Perdidas en la noche, de Fabián Martínez Siccardi
El edificio de la calle Santa fe, esquina Esmeralda, en La muerte baja en ascensorde María Angélica Bosco.
El recorrido de la Biblioteca Nacional al Hospital Alemán que hace la protagonista de Acá todavía, de Romina Paula.
La represión de estado en la Buenos Aires ¿distópica? La ciudad ausente , de Ricardo Piglia.
El barrio de Constitución en El chico sucio, un cuento de Mariana Enríquez.

Me detengo en estas doce. El recorrido literario de Buenos Aires sería interminable, tan interminable como la discusión acerca del adjetivo ilustre. El listado de títulos posibles tiende a infinito, porque Buenos Aires es también su literatura.

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