BRAIAN MEDRANO

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Buenos Aires Sos.-3 de junio de 2010.- (Por Rubén Derlis).- Por olvido del libro indispensable no queda otra alternativa que mirar desde la ventanilla del 151 «los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa», como dijera Juan de Mairena en su clase de retórica y poética, según inventiva de Machado en obra ídem; pero a poco de ver siempre a los mismos congéneres apresurados haciendo verónicas  y otros pases taurinos a los no menos apurados miura-conductores detrás de un volante, uno se aburre de una igual lidia repetida hasta el cansancio y trata de descubrir algo más novedoso. Fue así como mi curiosidad me llevó a los nomencladores de las calles –una vez más y van…– ¿buscando qué? no sé, pero siempre algo aparece. No me equivoqué. Muchas cosas fueron ganando la luz, haciéndose visibles a mis ojos, en tan corto trayecto (desde Crámer y Crisólogo Larralde –nostalgiada Republiquetas guardada en el recuerdo–, hasta Bartolomé Mitre y Jerónimo Salguero, donde descendí).

Y noté que había nuevas chapas azules: no siempre remplazando a las anteriores, como tendría que ser por una mínima cuestión de prolijidad, sino también adjuntadas, en no pocos casos, a las antiguas, enlozadas. Entonces, como si me pusiera el pie para hacer trastabillar mi lógica, irrumpe desde un costado Juan Antonio Cabrera. Abajo: altura del comienzo y fin de la numeración. Un poco más adelante el señor Cabrera pierde su segundo nombre: ahora sólo es Juan A. Cabrera; otro tramo más en el ómnibus de piso bajo y ahora el personaje homenajeado recupera el segundo nombre. (Despropósito parecido ocurre con Humberto I, en cuyas nuevas chapas se lee Humberto 1°  o Humberto I°, aquí con cerito volado, ignorando que los nombres escritos con números “romanos”, no lo llevan; y en el primer caso, es un dislate total, porque si Humberto va Primero, ¿quién es el segundo, y el tercero, y así sucesivamente?)
Que los vecinos la llamen Cabrera, a secas, está bien por una razón de cotidianidad, pues la calle es   para ellos familiar, uno más de la casa, y que además del nombre anotado en el registro civil en su momento, posea otro, abreviado, para facilitar las cosas,   pues nadie dice, tomemos por caso: «vivo en Capitán General Ramón Freire», «vivo en Doctor Enrique Del Valle Iberlucea», «vivo en Saúl Aarón Salmún Feijóo», simplemente   se vive en  Freire, en Iberlucea o en Feijóo. Y es así, pues para el habitante del barrio es como si se tratara de un vecino más. Pero lo que está mal es que los nomencladores no mantengan un criterio de uniformidad, como correspondería. Juan Antonio Cabrera, Juan A. Cabrera o un simple Cabrera sin nombre, despojado de   dignidad, cargo o título como la de tantos otros que, al parecer y desde antiguo, para los munícipes nunca tuvieron más que un apellido: Daguerre, Osorio, Zelaya, Bulnes, Volta, Castro, Delgado, Lavalleja, Pringles, Lucero, Ramsay, Maure y así de corrido sobrepasando en mucho el número de cien.

Ciertamente no sé a qué atribuir este criterio anárquico –tal vez   sólo sea desidia, lo cual sería peor–, pero se repite en otras muchas calles del tejido urbano, sobre todo a partir de las ya no tan nuevas chapas, pues comenzaron a cambiarse hace más de un quindenio. Un amigo me relató en una especie de teatro leído, con mucho humor y no exento de lógica, una escena en el taller donde se imprimen las chapas: «–Jefe –dice el obrero–, estas chapas son más cortas, son. No va a entrar el Antonio ése… Y su superior, apenas un capataz, acaso un encargado, con las manos ocupadas en cosa más importante (como si ésta no lo fuera), contesta, sin mirar: –No te calentés. Ponele A, que igual se entiende». Y el otro obedece, sólo atento a   la hora en que debe dejar sus herramientas. Entonces me imagino la misma escena  pero con la chapa azul de General Juan Gregorio de Las Heras,   donde «no entra»  Gregorio,  y al sabelotodo de la solución rápida, quitando un apellido al que, en su empinada ignorancia, supone un nombre. Desde ya que del Gualberto –segundo nombre del general– no tiene ni la menor idea.

Pero volvamos al jurisconsulto cordobés que adhirió a la Revolución de Mayo, pues en su homenaje está dedicada esta calle.

Cuando el ómnibus dobla por Medrano, hacia el sur, vuelvo a reparar en las calles a las que únicamente se la conocen por un apellido, como ésta por la cual me lleva el 151, y que por ignorancia de su nombre (seguramente también por su ningún interés en buscarlo en los libros –¿para qué man?–), escuché que un adolescente posmo, movedizo, dicharachero –cédula de identidad de los 90–, gorrita con visera, zapatilla de primera marca e infaltable celular para teclear mensajitos de texto, la llamaba Bráian Medrano (nada de Bryan), nombre en joda de un apelativo verdadero con el cual mencionan a esta avenida –tal vez por él rebautizada– entre los integrantes de su tribu urbana, y acaso alguno de sus aláteres hasta lo dé por legítimo, por simple e indubitable burrosidad enquistada. ¿Por qué no?

Sin embargo cierta vez algo se hizo con intenciones de corregir esta falta de los nombres de pila en algunas arterias de la ciudad. No sé bajo qué intendente –cargo de entonces– se procedió a devolverles el nombre que todos portamos desde el día de nuestro nacimiento; tal el caso, entre otros, de Tomás de Anchorena, precedido del título de doctor, y antes llamada Anchorena, a secas. A veces también se «recuperó» el apellido olvidado,   ya que Loria pasó a llamarse Sánchez de Loria, si bien nunca le «devolvieron» el nombre: Mariano, y hubo quienes volvieron a lucir su investidura, aunque siguieron sin nombres: Virrey Liniers (antes Liniers), por ejemplo, pero sin el Santiago de. Como hemos podido ver en estos escasos ejemplos –escasos, para no abundar, pues hay cientos– siempre se procedió, como ya es tradición entre nosotros, faltando cinco para el peso.

A la altura de Medrano al 900 asoma Rauch, pero con el aditamento de «Pasaje» en su chapa (en su forma abreviada: Pje.), lo que resulta totalmente fuera de lugar, ya que en ninguna se pone el nombre calle, aunque bien es cierto también que hay muchas que anteponen al nombre, el de  avenida, pero sólo en estos casos. Por otra parte, y en éste en particular, pues se lo ha puesto en la chapa, reiteramos que no corresponde, primero por lo que acabamos de anotar más arriba, y segundo porque si bien la palabra  pasaje es para la RAE: «paso público entre dos calles, a veces cubierto», Rauch, aunque apenas tenga cien metros en toda su extensión, no por eso deja de ser una calle. Si se prefiere, y me parece que es más correcto, podríamos llamarla cortada, en porteña lingua, ya que su entidad está mucho más cerca de lo que define como tal Diego Abad de Santillán en su Diccionario de argentinismos: «Dícese de la calle de trayectoria breve, resultante de parcelamientos irregulares antiguos». Y en su entrada pasaje, la misma obra no registra entre las varias acepciones que define, ninguna relativa a este tema. Demás está decir mi plena coincidencia.

Ya próximo a su término mi breve recorrido, antes de llegar a Potosí aparece la cortada Inca –cortada, sí –. Su chapa no ha sido cambiada (todavía); la callecita se nombra a sí misma desde el azul original, ahora un tanto desleído, con que nació a la vida de las calles porteñas en noviembre de 1893, después de haberse llamado Segunda Cangallo. Aclaro que su nombre en verdad no me es grato, por más recordación indigenista que ella sea, ya que los incas, aun envueltos en el manto mítico de la prosopopeya que los entorna, fueron los imperialistas andinos que sometieron a otros pueblos aborígenes para cimentar su poderío. La falacia de socialista, que algunos les atribuyen, se debe a la obra más idealista que científica del arqueólogo francés Louis Baudin, que divaga teorías acerca de este tema en El imperio socialista de los incas.

De todos modos –y pese a lo anotado–, se la nombró en el siglo XIX, y acaso así deba perdurar. No olvidemos que muchas avenidas y calles perdieron sus nombres originales cuando algún político cercano al gobernante de turno y por ende conmilitón, le susurró a la oreja el apellido de otro espécimen de igual bandería política al que se podría homenajear; y adelante. En este caso el peligro sería mayor, ya que hablamos de una cortada, inferior en jerarquía catastral a lo que se supone es una calle, por lo que un cambio de nombre pasaría más inadvertido. Pero como dice mi amigo, tan proclive él a escenificaciones de la viva y caliente realidad, es mejor que vayamos poniendo punto final aquí, ya que no es cuestión de andar avivando giles una vez más.

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