VERSOS PARA DOLMENA

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Buenos Aires Sos (BAS).- Julio 2007.- (Por Pablo Lema).- La tarde era una de las más frías de otoño. El viento soplaba como nunca. En el cielo, las nubes desfilaban velozmente y los pájaros, como testigos desapercibidos, se ovillaban en sus nidos, mientras observaban cómo la plaza de Palermo imponía su territorio. En el suelo, un cartón abollado de vino ocupaba un espacio insignificante y a su lado, sentado sobre un banco amarronado y desgastado, yacía una masa inestable de mirada perdida, de piernas flaqueadas y brazos rendidos. Era un anónimo sin pasaporte de ingreso al baile de máscaras diario denominado Sociedad. Ocupaba un lugar insignificante en cualquier esquina, en cualquier bar, pero no en el recuerdo de los suyos. Recuerdos de una persona que había sido. Como ex combatiente de Malvinas había conocido de cerca el horror, la muerte, la masacre y el canibalismo por la supervivencia en medio de una guerra perdida antes de empezarse. Los pocos testigos de Rodolfo aseguraron que el señor era una faceta desmedida de personalidades y matices emocionales como consecuencia de la guerra del 82. En tiempos de esa catástrofe, según rumores, habría perdido a su amante, a la que llamaba Dolmena; una dominicana que había conocido en su antiguo trabajo y que se desvivía por el amor hacía el hombre. Luego de la muerte de Dolmena, Rodolfo estuvo a punto de suicidarse pero continúo por sus dos hijos menores: Silvania y Esileo y también por su esposa, quien velaba religiosamente por su regreso. Dolmena, fue quien acompañó al hombre a Malvinas, aún en contra de sus pedidos. La mujer quería estar a su lado a toda costa, porque temía por su vida y la sola idea de llegar a no verlo nunca más le causaban una profunda angustia. Por ruegos del hombre, Dolmena regresó al país, ya que Rodolfo le decía que no podía seguir mucho tiempo en medio de una guerra. La mujer murió en uno de los golpes, murió en una de las revueltas que sucedieron en plaza de Mayo, meses después de su llegada. Rodolfo era fornido, su caminar avispado y su mirada siempre vivaz. Se expresaba la mayoría de las veces de manera irónica pero cuando hablaba en serio reflexionaba profundamente su pasar, la situación actual del mundo y demás temas que le eran de su interés. En estos instantes lagrimeaba. La cerveza y el cigarrillo eran el pañuelo que le secaban las lágrimas y sus amoríos y recuerdos eran la cama terapéutica que lo contenía en su pensión de Villa del Parque. Meses después en que regresó de la guerra huyó hacia México (con la angustia por lo sucedido a Dolmena) porque se lo asoció al narcotráfico; uno de sus mejores amigos, Ernesto, tenía gruesos y pesados contactos con un grupo de narcotraficantes, que cansados de las promesas incumplidas del mismo, resolvieron regalarle un amanecer bañado en sangre. Quisieron hacer lo mismo con Rodolfo, pero éste, enterado del asunto, se fugó de contrabando hacia la tierra de los mariachis momentáneamente. Cuando pudo regresar, consiguió trabajó en un estacionamiento en Devoto pero no duró mucho; el dueño al enterarse que mantenía relaciones con su hija menor lo rajó a patadas y estuvo a punto de denunciarlo por presunta violación. Se paseó por diversos empleos y en el ínterin frecuentó todo tipo de pensiones. Algunos aseguraron verlo como actor callejero en algunos bares de mala muerte en San Telmo, pero estas son sólo especulaciones. Mantenía una buena relación con sus hijos y de vez en cuando con su ahora ex mujer. Intentó volver un par de veces con ella pero fue rechazado. La mujer no quería tener un borracho en su casa. Rodolfo, solía hacer alguna representación teatral en los subtes a cambio de monedas. Y paraba para comer en el Restaurant de Mario, a tres cuadras de la 9 de Julio, donde luego se quedaba largas horas tomando un poco de elixir (así le llamaba al vino cuando se juntaba con los demás borrachines). «Últimamente era un sinónimo de hombre, que pudo haber sido más, de lo menos que era si hubiese sabido amarse; quizás un buen esposo, padre o hijo, pero su vida pendía de un hilo. Había un desperdicio donde debió haber un hombre, que engañado por una pócima disfrazada de néctar, se convirtió en un despojo ambulante. Pero aún en su interior, la alegría embriagada de tristeza, cabeceaba», reveló el dueño del restaurant de la esquina donde Rodolfo cuidaba autos desde hacía mas de cinco años. En Palermo, la gente de los alrededores dialogaba bastante con él y los que estaban de paso les dejaban algunas monedas. Siempre contaba todos los meses con la visita en su auto lujoso de un anciano que vestía de maravillas, Alfonso, quien había compartido los infortunios, la desgracia y la masacre junto a Lucerna. Era el médico que había negociado su supervivencia y la de su compañero moribundo a cambio de un cheque millonario. Eso no quitó que escapasen de la tortura y la vergüenza antes de llegar al país. Fueron golpeados y avergonzados por un grupo de jóvenes soldados que los tiraron en el puerto inglés dándolos por muertos. Gracias a una pareja de jovatos adinerados fueron llevados de urgencia a un hospital. Por esto, siempre que Alfonso se cruzaba con su compañero en alguna esquina o sentado en el banco de alguna plaza se le acercaba y le dejaba una módica suma de dinero para «expiar culpas pasadas». Los últimos meses de Rodolfo pasaron en plena tranquilidad, aunque siempre había sobresaltos en su vida. Cuando no se lo internaba de improviso debido a un pico depresivo o problemas con el vino, había algunos jubilados de Palermo que aseguraban que el hombre mantenía relaciones con menores. Y cuando el hombre estaba en plena etapa de tranquilidad, era él quien iba en busca de sobresaltos. Tuve oportunidad de conocer a Rodolfo una tarde en que hacía tiempo para encontrarme con mi novia. Me acuerdo que me senté a tomar un café en una confitería lujosa sobre la esquina de Cabello. Leía para despejarme y este hombre hizo un golpecito leve aunque gracioso sobre el vidrio y me hizo señas de que quería unas monedas. Al mostrarle todo tipo de indiferencias se molestó y me insultó. Harto de la lectura me levanté, le pagué al mozo y me senté en uno de los bancos de la plaza. El borracho se me acercó y se sentó con desdén. Lo miré y le pedí perdón. -No se guié por lo que ve –me aclaró. ¿O ud es tan estúpido de dejarse llevar por las bellas apariencias de estos lugares? Si llegara a saber todo lo que yo sé de esta gente refinada, educada y de buenos modales, le aseguro que no pararía de vomitar. Hay tanta mierda revestida de miel que hasta a veces nos confundimos sus sabores. Me quedé charlando con él hasta tarde. Me contó muchas cosas de su vida (citadas anteriormente) y hasta me invitó una cerveza, que acepté gustoso. Esa noche me despedí pero no fue la última vez que lo ví. Una de tantas tardes, puedo acordarme hasta de los gestos del fulano al ver a los arrumacos a las parejas que se sentaban cerca nuestro. El hombre disfrutaba verlos enamorados. Según él, «aunque pocos, todavía se entregaban al amor como niños». «Porque todo el mundo tiene ganas de amar pero se quedan sentados o sólo dan para recibir», opinaba. «Acá, como en otros tantos barrios, el amor es cuestión de clases sociales, de bienestar y seguridades de toda índole», opinaba mientras se terminaba su vino en cartón. «Igualmente no nos vamos a poner a filosofar en esta tarde soleada, que cada cual haga de su vida lo que quiera, después de todo si nos mandamos cagadas, allá a dos cuadras hay una lujosa iglesia donde pedir perdón y si eso no alcanza le damos una limosna a cualquier mendigo así nos podemos ir a dormir tranquilos, tapaditos hasta la cabeza…….», sentenciaba, antes de hundirse en un risa sarcástica. En la tarde, antes de que me fuera de viaje a Italia por trabajo, me invitó a compartir unas cervezas. Me abrazó como a un amigo, me deseó éxitos y me pidió que le trajera algunos habanos o sino mejor, alguna buena mujer. Y en caso de no encontrar nada, algunas novelas de Buckowsky, a quien tenía por su hermano gemelo. Cuando regresé en los primeros días de enero, lo primero que hice fue ir a verlo. Le llevaba de sorpresa un atado de habanos importados de Italia y una botella de licor. Al llegar a la esquina de nuestros encuentros, me encontré con otro cuidador de autos. Me le acerqué y le pregunté por Lucerna. El hombre me miró desentendido, certero de quien mira al otro con extrañeza por desconocer un suceso en particular. -Rodolfo murió -me dijo. «En la noche de año nuevo, como era costumbre nos encontramos todos para tomar cerveza y vino hasta el amanecer para recibir el sol del nuevo año», me informó el cuidador de autos. «Rodolfo estaba pasado de copas, se reía y deliraba un poco, como le era habitual, hablaba de Grecia, de amores olvidados, terminados y hasta hablaba de los Dioses del Olimpo. Todos reíamos a carcajadas porque en una de sus «alucinaciones» se puso a cantar poemas griegos. De golpe, sus ojos se paralizaron, se le resbaló la botella de vino, que explotó contra el suelo y su cuerpo se desmoronó. Pesado. Cansado». Estoy sentado en uno de los bancos de la plaza. Termino de fumarme un cigarrillo y observo la plaza a mí alrededor. La están construyendo, demoliendo, trabajando. Recuerdo el rostro de mi amigo. El brillo de sus ojos y hasta creo percibir el aroma a cerveza que emanaba de sus ropas. Me levanto y sigo con mi rumbo. No sin antes recitarme de memoria uno de los tantos poemas de aquella noche en que se despidió de todos. Allá voy mi hermosa Dolmena Cruzaré el Aqueronte y los Campos Elíseos porque son tus designios A través de tu boca se escapan ruegos divinos Allá voy mi hermosa Dolmena El barquero impaciente me mira con desdén ¿Aceptará como pago un trago de vino? De monedas carezco pero no de poesía Mi inolvidable Dolmena Por fin estaremos juntos Y junto a ti descubriré ese secreto Que está vedado para el conjunto Al entrar entre los pasajes que conducen a la Avenida Santa Fé me cruzo con un mendigo. Me le acerco medio indeciso. El hombre me mira y me pide unas monedas. Le pido si puede sentarme a su lado y charlar. Me mira desentendido. Se levanta y continúa su rumbo. Se da vuelta para verme y luego sigue con su camino.

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