¡Si Roberto Arlt viera lo que hicieron con su calle atorranta!

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(Por Esther Díaz) Está tarde caminaba distraída por Corrientes, cuando llegué a Callao presté atención para cruzar. Ahí la vi. Me equivoqué de calle, pensé. No estoy caminando por Corrientes. Tardé unos instantes en reconocerla. No la había visto “transformada”.

Hará dos años que la estaban destrozando. Día y noche. Máquinas, barreras, carteles municipales. Seguí caminando, crucé Callao, avancé unos metros. Me detuve otra vez, no podía creer lo que veía. Sentí pudor, no me dio ni para sacar una foto. ¡Cuánto cemento, por favor! Recién ahí comprendí que la habían tajeado por el medio con canteros que escupen pastos descoloridos. En lo más céntrico pusieron obvias flores amarillas.

La calle más emblemática de Buenos Aires convertida en masetero de cementerio. Estética de crematorio privado. Le arrancaron el alma. Le robaron un carril. La estrecharon. Un destino similar al bar La Paz que ahí mismo, en Montevideo y Corrientes, atraía a literatos, filósofos, pioneros del psicoanálisis, escritores, teatristas, bohemios. Hebe Uhart, Fogwill, Masotta, Germán García, Carlos Correa, Sebreli, que por entonces era de izquierda. La Paz hoy es un maxi quiosco rodeado de mesas cada vez más vacías, despersonalizado, “mcdonaldisado”. Lo mismo hicieron con Corrientes. Le borraron la historia, rompieron las piedras centenarias que la sostenían para clavarle anodinos cuadrángulos de porlan. Le imprimieron el tatuaje urbano del neoliberalismo pobre. No se ven esas vulgaridades en los Campos Elíseos o en la Quinta Avenida.

¡Si Roberto Arlt viera lo que hicieron con su calle atorranta!

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